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CONTRAQUERENCIA

La culpa es del toro

Corrochanito

Tanto darle vueltas y resulta que aquí el único culpable es el toro. Si señor, el único y verdadero culpable es el toro bravo. Ese bello y romántico animal que tiene eso tan difícil de definir y tan fácil de apreciar, el trapío, ese que no se hace astillas los pitones antes de salir del chiquero, ese que no arrastra los brazuelos y corvejones por los suelos ante la vista del maestro lidiador, rindiéndole el consabido homenaje al hombre que se va a jugar la vida ante él, ese que no es fácil de lidiar, ese que siembra el ruedo de desconcierto entre las cuadrillas, ese que no se resiste tras el primer encuentro toricida contra los montados, ese que aprieta en banderillas, ese que intimida al maestro, ese que transmite emoción, ese que ostenta una embestida cargada de problemas y ligera de suavidad, ese que no deja que le toquen los pitones, ese que no permite descanso ni desplantes, ese que embiste hasta cuando es manso, ese que vende cara su vida, ese que intenta coger hasta al puntillero, ese que derrocha casta a raudales. En resumen, el toro bravo y encastado.

Ese es el culpable de todo lo que pasa, si se hubiera conseguido erradicarlo ya nadie lo reclamaría y por fin esos contestatarios del transcurrir actual de la fiesta nos callaríamos y no pediríamos cosas extrañas que a nadie benefician.

Y los ganaderos, ¿Qué hay de esos ganaderos que se comen media camada con patatas? Aún tendrían que comerse más. A que humano se le puede permitir atentar de tal manera contra sus semejantes como a estos criadores de asesinos. El espectáculo debe continuar y no hay quien pueda torear cien corridas de toros-toros en un año y todo el mundo tiene derecho a ver anunciadas las "máximas figuras del toreo" en su pueblo.

Hoy en día la fiesta está montada alrededor de seis figuras y quince ganaderías que seleccionan los mismos que después las van a lidiar, por lo que el espectáculo es el mismo durante todo el año. El toro de hoy no molesta salvo en contadas ocasiones, en las que de tanto descastarlo se vuelve tan manso que es peligroso. El ochenta por ciento de lo que se lidia procede de selecciones que previamente realizan determinados matadores que se preparan las próximas campañas, por lo que la emoción ya no tiene cabida.

Si no fuera por esa cuadrilla de indocumentados que aposentan sus reales en lugares como el tendido siete de Las Ventas y reclaman aquello por lo que pagan y esa otra cuadrilla de ganaderos sin vergüenza alguna, que crían aquello que los anteriores les exigen, esto estaría mucho más claro y el negocio mucho más tranquilo. ¿Saben ustedes cuánto tiene que costar mantener media prensa escrita, televisada y hablada diciendo cosas en contra de los aficionados? ¿Han conocido otro espectáculo en el que los propios actuantes y empresarios se pasen la vida metiéndose con sus mejores clientes?

Y fíjese usted querido lector que el culpable de todo este desaguisado es el que debería ser verdadero protagonista, el toro. La culpa también deberíamos echársela a los antiguos por enseñarnos mal. Mira que poner en la puerta del recinto donde se dan los festejos, plazas de toros. Si ahora son plazas de toreros. ¿Cómo no se le ocurrió a nadie cambiar la nomenclatura del lugar y darle la importancia que tiene el maestro quitándosela a esa bestia inmunda que salía antiguamente a los ruedos?

Propongo que cuando se reúna este invierno la CAPT, en esos meses que sólo emplean en dulcificar ganaderías y preparar nuevas componendas para seguir robando cada vez más al espectador, estudien la posibilidad de inhabilitar a todos aquellos ganaderos que críen toros bravos y con cuernos de verdad. Así al menos tendremos un invierno entretenido.

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