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CONTRAQUERENCIA

El indulto y el esperpento

Corrochanito

En la fiesta de los toros nos hemos dotado de un elemento que, para loa del hombre y como significado de su inmensa bondad, da muestra de nuestra magnanimidad al perdonársele la vida al toro en el caso de que, por su juego, se estime oportuno. En anteriores reglamentaciones este privilegio de perdón sólo estaba permitido en corridas concurso y era cuando las corridas concurso eran verdaderamente esos concursos de bravura donde se ponía en juego el honor ganadero y no esas limpiezas de corrales con animales sueltos y fuera de tipo que se dan en estos momentos.

Se autorizó el indulto en todas las corridas para conseguir que siempre que hubiere un toro bravo en la plaza se pudiera salvar de la muerte y pasar a engrosar la nómina de reproductores de la cabaña brava.

En lo que va de temporada y a la hora de escribir estas líneas van indultados dos toros. El primero se salvó en la feria de hogueras de Alicante el día del patrón, y pertenecía al hierro de El Pilar. El segundo se indultó en Burgos y pertenecía al hierro local de Antonio Bañuelos. Por las noticias que nos llegan, el de El Pilar, después del indulto no fue ni siquiera capaz de lograr el premio al más bravo de la feria que se quedó desierto. Nos venden humo en tardes triunfalistas y este humo no es capaz de aguantar el mínimo análisis. Es el esperpento de ésta, nuestra fiesta, convertida en tarde de triunfalismo, ballet, mercadeo y fiesta sin emoción. Miuras mochos en plazas de otrora prestigio ganadero, orejas de regaliz en otras de primerísima categoría, e indultos de toros que ni siquiera ven al caballo. El esperpento que se materializa en la detención del espectador que sintiéndose engañado reclamaba el análisis de los pitones desmochados. En esto se convierte cada tarde la fiesta de la casta y la emoción. El indulto se vende como el más grande triunfo de un torero y como símbolo de la belleza de una fiesta generosa con lo bueno. No seré yo quien ponga en entredicho los indultos pues soy de la opinión de que se deberían dar con más asiduidad pero sí me extraña que éstos no se suelan producir en plazas de mayor categoría donde se lidian la flor y nata de las camadas. Yo hubiera salvado de la muerte a dos toros lidiados en Sevilla como fueron "Olivito" de Cebada y el toro de Zalduendo al que cortó dos orejas Emilio Muñoz. Cada uno en su estilo, el Cebada bravo y encastado y el Zalduendo noble y repetidor. Fueron toros dignos de mejor suerte. En Madrid también se podían haber salvado varios toros como alguno de Fraile y el Pablo Romero que se llevó los premios. El problema del indulto es que se vende dentro de un triunfalismo propio de un marketing barato y fuera de toda razón objetiva.

En mi opinión se debe buscar una nueva conjunción dentro de los premios y recomendar una mayor cuantía de reconocimiento hacia los toros. Si todos los días vemos otorgar orejas a mansalva debemos conseguir que se reconozca más a aquellos toros bravos que ganen la partida. El premio de la bravura y la casta es una vuelta al ruedo al arrastre del animal y el indulto debería estar reservado exclusivamente a la petición del ganadero para mejorar la raza. Si consiguiéramos los propios aficionados una mayor cantidad de reconocimientos hacia el toro y fuéramos los primeros en analizar con lupa el comportamiento del animal igualaríamos mucho el marcador en las corridas. Si toreros que no lidian ni dan un pase bueno son capaces de abrir todas las tardes la puerta grande por qué no vamos a darle premios a muchos toros que ganan la batalla de largo ante toreros que no saben exprimirles su casta y se ven desbordados por sus opositores bovinos.

Los aficionados no vamos a la plaza a ver cortar orejas ni a contar éstas como si fueran el paradigma de la fiesta. Muchos festejos sin orejas han sido más interesantes para el aficionado que otros triunfalistas y con muchos premios por en medio. Los aficionados acudimos a los cosos para emocionarnos con la casta del toro y el poder de los toreros y por eso en gran cantidad de ocasiones nos emocionamos durante la lidia con el detalle más nimio mientras que una faena de ochenta pases no nos dice nada. Ahora, si valoramos esos indultos a toros y esas faenas insulsas pero premiadas, también deberíamos preocuparnos de que cuando sale el bravo y encastado de verdad sea valorado en su justa medida y sea premiado como merece. Si a un torero le otorgan dos orejas de un toro encastado y repetidor solo por poner la muleta y perpetrar más o menos ajustados pases, ¿por qué no se le tributa el justo homenaje a la pelea desarrollada por el toro con una vuelta al ruedo en el arrastre? Así, aunque se sigan otorgando premios injustificados a los diestros, premiaríamos al toro con un premio lógico y no ese indulto para nada justificado a tenor del comportamiento ofrecido.

Es el esperpento de la fiesta, toree mal, dé muchos pases, que si no se cae mucho el animalito le premiaremos a Ud. con el rabo y al toro con el indulto. Veo muchos toros al cabo del año y los verdaderamente bravos y que merecen premios suelen terminar con las orejas puestas y con algún beneficiario de la cosa taurina diciendo aquello tan manido de: «No ha servío».

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