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CONTRAQUERENCIA

Casta del norte, casta navarra

 

David Díez

Una de las principales aportaciones, si no la principal, que han legado Aragón, La Rioja y Navarra al rico patrimonio de la Fiesta ha sido, sin duda, la de la denominada "casta Navarra". Tal vez ahora, cuando esta sangre agoniza en unos pocos centenares de cabezas de ganado a orillas del río Ebro, sea un buen momento para tratar de hacer memoria e intentar valorar en su justa medida toda la importancia histórica de este encaste.

Muy poco se conoce actualmente acerca del origen de estas reses, cuya procedencia pudiera tal vez perderse mas allá de los Pirineos, emparentándose quizás con los primitivos toros de la Camarga francesa. Pudiera ser también que, como teorizó" José de la Cal, descendieran del antiquísimo "bos brachyceros", el cual, en una de sus habituales travesías por el Pirineo, se habría estacionado en los montes de Guipúzcoa y Navarra, descendiendo más tarde hacia las riberas de los ríos, muy particularmente a las del Ebro. De ahí y hasta la aparición de las primeras ganaderías establecidas todo parece indicar que el estado natural de estas reses fue el rebaño, del que se iban seleccionando para su lidia aquellas que acometían con más fuerza.

Existen diversas versiones acerca de la identidad de la primera ganadería preocupada en seleccionar y reproducir las reses con criterios más "modernos". Guerrita, por ejemplo, atribuye en su obra "Tauromaquia" a un tal Lecumberri de la localidad tudelana de Murillo de las Limas la propiedad de la primera vacada de casta Navarra. La realidad es que esta hipótesis resulta muy poco creíble especialmente cuando se mezcla con otras tan inverosímiles como la que atribuye el origen de este legendario encaste a la transformación sufrida por unas vacas lecheras al comer unos pastos ribereños. Mayor verosimilitud alberga la afirmación del anteriormente citado José de la Cal, quien señala a D. Joaquín Antonio de Beamont y Messía, marqués de Santa Cruz, como fundador hacia el año 1670 de la primera ganadería de casta Navarra.

Del rebaño a la selección

Posteriormente, allá por 1745, esta ganadería pasa a manos de D» Isabel de Virto Luna, quien al poco tiempo contrae matrimonio con D. Antonio Lecumberri. Pues bien, la pareja tiene un hijo, Antonio Lecumberri Virto, que sería quien al vender la ganadería en cuatro lotes distintos (Joaquín Zalduendo, Fco. Javier Guendulain, Felipe Pérez Laborda y Antonio Lizaso) asegurase definitivamente el desarrollo de esta sangre.

Dos de estas cuatro ganaderías, las de Zalduendo y Guendulain, fueron las que situaron al toro de casta navarra en la cabeza de las preferencias de los aficionados durante los siglos XVIII y XIX. De la de Zalduendo reseñar que le cabe el honor de ser la última de las de la Unión de Criadores de Toros de Lidia en conservar la casta navarra unida a su hierro, justo hasta que en 1964 la familia Domecq lo incorporara a su "holding" empresarial, eliminando, claro está, toda la procedencia anterior. Por otra parte la vacada de la familia Guendulain brilló" con luz propia hasta que en 1850 D. Tadeo Guendulain la vendiera a Nazario Carriquiri, sin duda el más importante de los ganaderos de este encaste en toda la historia de la tauromaquia.

Pequeños, rojos y picantes

La leyenda ha situado la bravura de los Carriquiris a niveles casi míticos. Nombres como los de Llavero (lidiado en Zaragoza en 1860, indultado tras recibir 53 puyazos), Mainete (famoso por derrotar en Madrid a un elefante en el año 1882) o Lanzero (lidiado en Tudela y que llegó" a recibir 27 puyazos) dan cuenta de la verdadera importancia de esta ganadería. Sin embargo otros hierros también merecen ser destacados por su contribución a la causa de esta legendaria sangre. Así, aragonesas eran las vacadas de Ripamilán y la de Nicanor Villa, riojanas las de Clemente Zapata y Fidel Rubio y navarras las de Raimundo Días, Galo Elorz, Miguel Poyales y la de la marquesa de Funes.

Merece la pena detenerse siquiera un momento para tratar de analizar las principales características zootécnicas y de comportamiento que han otorgado personalidad propia a este encaste. Para ello nada mejor que recurrir a lo que hace ya algunos años escribía Becerra y Neira en su Consultor Taurino: "Fueron los toros de casta Navarra durante muchos años el terror de la gente de coleta, algo así como ahora ocurre con los toros de Miura, pues aunque eran pequeños de cuerpo demostraban sus facultades especialmente en el primer tercio de la lidia en donde arrancaban con tal ímpetu que proporcionaban a los picadores peligrosísimos batacazos".

Se trataba pues de reses muy bravas, nerviosas, ágiles y duras de patas. Eran inteligentes, astutos, ligeros, feroces, malhumorados y pegajosos. Como ya ha quedado expuesto destacaban fundamentalmente en el primer tercio, donde se mostraban incansables en el momento de acometer a los montados. Más anecdótica resultaba la enorme facilidad de estos toros a la hora de saltar a los callejones, no como evidencia de mansedumbre sino, muy al contrario, como demostración de celo y casta.

Zootécnicamente eran toros de escasa armadura, potentes de los cuartos delanteros y ligeros de los traseros, terciados, generalmente carifoscos y con el pelo muy rizoso y fino. Muy característico de estas reses era también su capa castaña o colorada, lo que les hizo ganar el calificativo genérico de los toros "rollos" de Navarra.

Un futuro incierto

Al igual que lo ocurrido con otros encastes el comienzo del siglo XX trajo para estos bravos toros de casta Navarra el certificado de defunción. El creciente poder de los apoderados y toreros en detrimento de los intereses de los aficionados y las variaciones sufridas en la lidia con una evidente pérdida de peso del tercio de varas en beneficio del de muleta marcaron el inexorable declinar de este legendario encaste. Hoy, a punto de acceder al siglo XXI, tan solo los libros de historia y el tesón comprometido de unos cuantos ganaderos navarros y aragoneses mantienen encendidos los últimos rescoldos de esta casta. De entre estos últimos destaca sin duda el nombre de Vicente Domínguez, ganadero de Funes, cuyo esfuerzo por recuperar esta histórica sangre le está llevando a conseguir importantes resultados. Los mismos buenos resultados que llevan años cosechando los ganaderos aragoneses José Mª Arnillas y Hnos. Ozcoz, cuyos encastados productos llenan de emoción, verano tras verano, centenares de pueblos del norte de España. Ojalá la Fiesta recupere su rumbo y muy pronto este encaste ocupe el lugar que nunca debió perder.

 


Rayo, un toro de leyenda, Colorado, astas veletas, reducido esqueleto, ojos saltones y hocico ancho.

Cuenta la leyenda que cuando el toro Rayo fue tentado, a la edad de dos años, se arranco al primer puyazo como un tren, derrotando en el peto con mucha saña. En el segundo encuentro lo abrieron más y volvió a acudir codicioso, pero esta vez, cuando le faltaban escasos metros para llegar al peto, hizo un regate por detrás del caballo, subiéndosele a la silla para enganchar al piquero que antes lo había herido.

 

 

 

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