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CONTRAQUERENCIA

El sueño de los "patas blancas"

David Díez

A punto de cumplirse noventa años desde que José Vega, un romántico y algo iluminado ganadero madrileño, se decidiera por combinar dos de las sangres bravas más importantes de la época, Veragua y Santa Coloma, parece un buen momento para volver la vista hacia atrás y tratar de valorar toda la aportación de este encaste a la tauromaquia de este último siglo.

Todo empezó allá por 1910 cuando el ya citado José Vega llevado por una fuerte intuición personal cruzaba cuarenta vacas de la ganadería de Veragua, pura casta vazqueña, con un semental de nombre "Fuentecillo", recientemente adquirido al Conde de Santa Coloma. Lamentablemente el señor Vega era un hombre poco paciente y tan sólo cuatro años después, en 1914, y casi sin llegar a ver los resultados de su obra vende la ganadería a los Hnos. Villar, quienes la trasladan desde su lugar de origen, San Lorenzo del Escorial, hasta tierras zamoranas.

 

Desde Zamora los hermanos Villar dan un impulso definitivo a esta ganadería, ganándose así para la posteridad el honor de dar, junto a su creador, nombre al encaste conocido como de Vega-Villar. Posteriormente, en 1922, los hermanos Villar se separan llevándose cada uno de ellos su parte proporcional de la ganadería. Una de ellas, la de Francisco, fue adquirida en 1928 por el ganadero salmantino Arturo Sánchez Cobaleda quien la traslada al que será su emplazamiento definitivo, la finca salmantina de nombre "Terrubias". Por contra, la otra mitad de la ganadería, la de Victorio Villar, es traspasada finalmente a José Encinas quien, antes de venderla en 1939 a la familia Galache, imprime a sus toros un marcado acento de docilidad, hecho a partir del cual quedaría marcada una clara línea divisoria entre las dos ramas de la ganadería original de José Vega.

 Auge y declive

A partir de los años cuarenta y hasta bien entrada la década de los setenta estas dos ramas de "vegavillares", Cobaledas y Galaches, comparten un lugar de privilegio en las preferencias de toreros y aficionados de la época. Así y aunque resulte sorprendente, matadores de la categoría de Manolete o El Cordobés, pasando por El Viti o Paco Camino, se disputaron durante más de tres décadas y en las plazas más importantes del país -la Maestranza y las Ventas eran citas obligadas cada año para las principales vacadas de este encaste- la lidia y muerte de estos toros. Las razones, sin duda, había que buscarlas en la extraordinaria regularidad manifestada tarde tras tarde por los "patas blancas", algo que unido a un comportamiento marcado por una encastada nobleza les hacía situarse en cabeza de las preferencias de empresas, figuras y público. Sin embargo, esta racha exitosa comenzó a truncarse hacia la primera mitad de los años setenta momento en que la exigencia de un mayor peso para los toros junto al creciente poder de toreros y apoderados frente a empresas y afición hicieron perder a estas reses el privilegiado lugar que hasta ese momento ocupaban en la fiesta. Bien es cierto que ya por entonces las reses de Galache mostraban con excesiva frecuencia una enorme blandura de remos, así como una docilidad casi pajuna. Por contra, las reses originarias de la rama Cobaleda acusaban con demasiada facilidad un exceso de genio y sentido aparte de, porque no decirlo, unos desarrollados y astifinos pitones.

Desde entonces y hasta hoy mismo el camino de las distintas ganaderías encastadas en la sangre de Vega-Villar tan solo puede ser calificado como de tortuoso y difícil habiendo llegado, de hecho, a tener que desaparecer muchas de ellas como ocurrió con las de Luciano Cobaleda, María del Carmen García Cobaleda o "Barcialejo" entre otras, sobreviviendo el resto gracias a su frecuente inclusión en festejos de rejones, en donde, paradójicamente, dan un buen juego y sí son del gusto de las principales figuras del arte ecuestre.

 Bajos de agujas, serios de cabeza

Morfológicamente los toros del encaste Vega-Villar son básicamente reses brevilíneas, de poco hueso y muy bajas de agujas. Muy desarrollados de pitones (muchas veces veletos y astifinos, sobre todo en la rama Cobaleda) son también, atendiendo fundamentalmente a su ascendencia santacolomeña, animales terciados aunque con cierta tendencia a la obesidad. Pero sin duda su rasgo físico más destacado radica en la espectacular variedad de sus pelajes entre los que abundan los cárdenos, ensabanados, colorados, negros y sobre todo berrendos, especialmente en negro y colorado. Resulta también muy común en este encaste la presencia de accidentales siendo el más frecuente aquél que ha proporcionado identidad a este encaste, es decir el calzado blanco de las extremidades. Asimismo resulta también frecuente toparse con reses luceras, estrelladas, bragadas, meanas o coliblancas. 

Monteviejo, esperanza de futuro

Cuando en 1995 se conocía la noticia de que la familia Martín había adquirido la mitad de la ganadería de Barcial con la intención última de intentar devolver a este encaste al lugar que no debió abandonar, un rayo de esperanza se abría paso entre aquellos aficionados al toro más encastado. Hoy, cuatro años después, y apenas iniciado un trabajo que sin duda habrá de ser largo y laborioso, el juego de los primeros cuatreños "patas blancas" lidiados por los ganaderos de Galapagar bajo su nueva marca de Monteviejo –especialmente ilusionante ha resultado la doble presentación en Madrid– permite atisbar un futuro esperanzador, capaz con el tiempo de volver a situar al encaste de Vega-Villar en las principales ferias de nuestro país.

En todo caso resulta de justicia citar, al menos, alguna de las ganaderías que todavía, a pesar de las dificultades, continúan apostando por la seriedad y la casta de los toros procedentes de Vega-Villar. Así, de entre las ganaderías procedentes de Encinas pueden citarse las vacadas de los herederos de Francisco Galache y de Justo Nieto. Por la vía Cobaleda merecen destacarse la histórica de Sánchez Cobaleda, la ya citada de Barcial, la de los Majadales y finalmente, una de las más recientes, la de José Cruz Iribarren.

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