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CONTRAQUERENCIA

Las normas del toreo

Emilio Pérez

Para mí, y supongo que para la mayoría de los buenos aficionados, las normas básicas del toreo son: Parar, Templar y Mandar. A éstas, más tarde, un gran maestro del toreo añadió el «Cargar la suerte».

Las corridas de toros serían siempre perfectas si se vieran las suertes del toreo desde un aspecto únicamente visual. Pero esto no es suficiente porque existe un animal al que hay que poder, someter y reducir; por lo tanto, debemos tener en cuenta la estética del matador pero a su vez el poder para someter y vencer al animal porque la fiesta no es una danza en donde conseguida la estética esté logrado todo, aun contando con el aplauso de gran parte del público. La fiesta debe constar de esa estética, sí, pero sobre todo el aficionado debe palpar que el hombre ha vencido al animal.

¿Cuántas veces se ven faenas de veinte, treinta o cuarenta muletazos, más o menos artísticos, pero que no han sometido al toro? Cuando eso ocurre se plantea un serio problema: ¿Cómo es posible que un torero que ha pegado tantos muletazos aparentemente bellos, no haya sometido al toro? La respuesta es muy sencilla, lo que ha ocurrido es que el torero ha estado dando pases y dar pases no es lo mismo que torear.

Es curioso escuchar a los aficionados lamentarse del estado actual de la fiesta, y a la vez oírles afirmar que hoy se torea mejor que nunca. ¿Cómo se resuelve esta paradoja? Pues es muy fácil; no es cierto que hoy se toree mejor, si acaso puede haber más plasticidad o más estética, pero por regla general no se somete ni se puede a los toros (hablo de los toros encastados, por supuesto). Ahí están por poner un ejemplo los casos de Enrique Ponce, «El Juli», Rivera Ordóñez…y tantos que sí, dan muchos pases y algunos de ellos muy bellos, pero rara es la vez que pueden con los toros encastados.

Gran parte de culpa del estado actual de la fiesta la tenemos los aficionados, porque no hemos sido consecuentes con nuestras convicciones, pues hemos sido partidarios de las personalidades de los toreros y nunca o casi nunca conscientes de las normas básicas del toreo.

Y…¿Cuáles son estas normas básicas? Pues Parar, Templar, Cargar y Mandar, claro que lo de Cargar se sobreentiende porque sin cargar la suerte es imposible Mandar. Y cargar la suerte no es abrir el compás, porque así el torero alarga pero no profundiza. La profundidad se da cuando la pierna contraria avanza hacia el frente y no hacia el costado. ¡Qué pocas veces se ve echarle a los toros la pierna adelante antes de llegar a la jurisdicción del torero, iniciando el muletazo con la mano a media altura para bajársela paulatinamente a la vez que se templa la embestida y rematando, por último, el muletazo por detrás de la cadera! Hoy en día se torea casi siempre de perfil. Se inicia el muletazo a media altura y así se continua hasta el final donde el muletazo termina echando el toro hacia afuera para alejarlo cuanto más mejor del cuerpo del torero. O sea, se destorea, y esto ratifica lo dicho anteriormente; no es lo mismo torear que dar pases.

Al hacer el análisis desapasionado de la fiesta nos encontramos con que las normas básicas se han esfumado y el toro se ha reducido al mínimo, mutilando sus defensas y descastándolo hasta límites exagerados. Esto es lo que queda en el fondo de conciencia de los buenos aficionados. Como consecuencia de todo esto, se ha reducido el toreo a la mitad perdiéndose la parte más bella del mismo, la enjundia del toreo.

Hay que insistir en que las nuevas generaciones vayan por el buen camino, porque yo creo que los hombres de hoy tienen el mismo valor y la misma inteligencia que los de ayer, y por lo tanto si se crea el ambiente tendremos lo fundamental, aunque eso sí, deberíamos ser inflexibles en cuanto a las normas.

En los últimos años han salido muchos chavales con grandes condiciones de haber seguido las reglas clásicas, pues tenían valor y afición, pero el ambiente del público y sobre todo de los taurinos, formando cuerpo con los resultados económicos, los envolvió. Esto unido a que naturalmente lo que yo llamo el destoreo, le resulta más fácil de ejecutar, les hizo tomar el camino más cómodo. Cuando se crean estos ambientes es muy difícil sobreponerse a ellos; hay que estar muy curtido y tener firmes convicciones para no dejarse arrastrar.

Esta es la situación que nos encontramos hoy en día. Y esto es posible porque el aficionado se ha desentendido del toro y a las masa que llenan los cosos taurinos les da igual si es toro, gato, liebre o sardina lo que sale por los chiqueros. Cuando el toro estaba en acción la fiesta era otra cosa. Sin duda el arte del toreo radica en el peligro que el toro tenga. Si al toro se le quita ese peligro el arte de torear no existe; será otra clase de arte, pero la belleza, la grandiosidad del toreo, reside en que el torero perciba la impresión, aunque se sobreponga a ella, de que el toro con rozarle le hiere. Entonces es cuando el torero puede producir los momentos más álgidos del arte. Y para interpretar este arte con el toro bravo no hay más normas que las básicas.

Desde que el hombre tuvo contacto con el toro existen las normas básicas. El primer hombre que se enfrento a un toro, tuvo, necesariamente, que cargar la suerte y el primer hombre que se subió a un caballo para apartar toros en el campo, tuvo que ir hacia delante. Imaginemos a un garrochista completamente vertical en la montura. En la primera resistencia del becerro iría para atrás y caería del caballo.

La grandiosidad del toreo radica en cargar la suerte. Grande es la verónica cargando la suerte, bello el par de banderillas cargando sobre la pierna, monumentales los muletazos adelantando la pierna contraria y no digamos nada si a la hora de matar cargamos todo el cuerpo sobre la pierna. Hay que tener en cuenta que en el toreo si no se va hacia adelante se va hacia atrás y para atrás sólo puede ir el torilero.

Creo que nos encontramos en un momento grave para la fiesta; el buen aficionado está en minoría y a punto de dejarse convencer por lo que la gran masa, con respaldo de los taurinos dice, que hoy se torea mejor que nunca y que el toro de hoy es más bravo que el de ayer. Además cuando surgen voces disconformes, reivindicando el toro íntegro y encastado y que el toreo se ejecute bajo los cánones de las normas básicas, las tachan de reventadoras e integristas.

Por último decir que si desaparecieran estas normas básicas el arte de torear sería una cosa muy distinta de lo que pudo ser, y que sólo será un gran torero aquel que sea capaz de Parar, Templar, Cargar la suerte y Mandar, y a la vez aplicar a ese toreo su toque personal o personalidad.

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