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CONTRAQUERENCIA

Casta y bravura

Emilio Pérez

A menudo, entre los aficionados, llevan a confusión los términos casta y bravura. Sin duda la conjunción de ambas características sería lo ideal para un toro de lidia. Pero un toro puede poseer una cosa sin la otra y no por eso deja de ser menos interesante.

La casta, bajo mi punto de vista, es, ni más ni menos, el poder de combatividad que demuestra el toro de lidia. Si ese poder es suficiente llamaremos al toro encastado, pero si a ese toro encastado le añadimos una buena dosis de genio y nervio estaremos ante un toro al cual los taurinos denominan de mala casta y al que estamos poco acostumbrados los aficionados, porque rara vez salta alguno a la plaza. Los aficionados añoramos ese toro, pero para el torero es un toro molesto y que plantea muchísimos problemas. Los ganaderos, salvo honrosas excepciones, suelen seleccionar su ganado atendiendo más a las exigencias de toreros y taurinos que a las de los aficionados. Por eso, ese toro añorado por los aficionados rara vez lo vemos en acción.

¿Qué es la bravura? La bravura es el instinto de defenderse atacando. El toro bravo es aquel que tiene codicia, prontitud, se viene de largo, tiene fijeza, temple, galope, mete la cara abajo, no se duele y se viene arriba en el transcurso de la lidia. En resumidas cuentas un toro bravo es el toro ideal para los toreros. Pero ¿Qué es lo que sucede cuando un toro además de bravo es encastado? Es decir, un toro que además de tener las cualidades anteriores, posee una codicia extraordinaria, que parece querer devolver los golpes al torero como el boxeador a su contrincante, que sin hacer cosas feas parece que quiere coger al torero para ganarle la pelea. Entonces es cuando verdaderamente hay emoción en el ruedo, cuando el torero debe resolver problemas bastante serios y cuando se transmite al tendido toda la fuerza de esa lucha entre el hombre y el animal.

Pero volvamos al concepto de bravura. La bravura que buscan algunos ganaderos es la bravura sin problemas, la que no es pegajosa, es decir, el toro bravo pero bobo, el "toro de carril". Buscan un toro con mucha fijeza, con un viaje muy largo, humillando mucho y que sólo se arranque al cite del torero acatando totalmente sus órdenes. En definitiva, un toro con pocos problemas porque hoy en día la mayoría de los toreros no están acostumbrados a resolver problemas, ya que más que lidiadores son pegapases. Ese toro bravo pero bobo no deja de tener peligro, pero ese peligro no se percibe desde el tendido y, por lo tanto, no hay emoción. ¿Cómo se puede denominar entonces a ese toro bravo pero sin aparente peligro? Su denominación es "noble" y en la selección al querer aumentar la nobleza, se pierde dureza, es decir casta.

Antiguamente la afición demandaba el toro encastado y se seleccionaba buscando ese tipo de toro. Se exigía mucho más a las vacas en el caballo que en la muleta. Hoy en día la vaca que parece brava en el caballo pero que después no tiene bravura suficiente para embestir en la muleta no se aprueba y esto de "echar tanta agua al vino" degenera, con el tiempo, en descastamiento o mansedumbre. En los tentaderos la becerra que dejan para madre es la suave, la que tiene poco temperamento, y con la selección de sementales ocurre lo mismo. Por eso antes sobraba casta que, curiosamente, es lo que falta hoy en día. Sólo la presencia de aquel toro de antaño era bastante para poner atmósfera de tragedia densa en el aire de la plaza y aunque el torero se quitara toreando, no faltaban toros de aquellos que quitaban al torero.

Pero todavía siguen quedando algunas ganaderías encastadas. Curiosamente estas ganaderías son las menos solicitadas por los toreros y como la fiesta siga por estos derroteros serán condenadas definitivamente al ostracismo, a que sus propietarios se coman sus toros con papas. Por eso, otros ganaderos prefieren criar borregos para que se los coman los toreros con la muleta.

Decía al principio que no hay que confundir casta con bravura y los ejemplos patentes los tenemos en las ganaderías encastadas. Un toro de casta hace cosas que gustan. Se admira su nervio, como embiste en determinado momento, pero de pronto se raja, su embestida se vuelve incierta, se aquerencia. Al principio va como un tren a cualquier parte y, sin saber el porqué, se va a tablas cuando menos se espera. Este es el ejemplo del toro manso, que no es bravo, pero encastado, que transmite emoción y que es una delicia verlo, aunque el torero no pueda hacerse con él por la inseguridad de su embestida, ya que unas veces acude al cite bien y por derecho y otras distraído y queriéndose ir, pero siempre con casta y emoción, que es lo que siempre hay que buscar. De ahí que la casta sea un factor complejo en el manejo puro de una raza. Se trata de una cualidad mezclada en la que hay notas de bravura y también de mansedumbre. También hay que decir, en honor a la verdad, que el toro de casta, aunque salga manso, nunca lo es en su totalidad.

Ahora bien, lo que verdaderamente emociona y te levanta del asiento es el toro encastado y además bravo. Este es un toro que cuando se arranca no trota, sino que galopa, viniéndose fijo al engaño. Cuando llega al caballo se entrega, empuja con los riñones y no cede. En banderillas galopa con alegría y es pronto al cite. En la muleta hace que su embestida te emocione, se rebosa, es decir, va más allá de lo que la muleta le manda, se revuelve en un palmo de terreno y tiene una gran codicia. A la hora de la muerte vende muy cara su vida, no se aquerencia en tablas y es duro para doblar, se suele decir que estos toros mueren embistiendo. Incluso un toro encastado con las fuerzas justas siempre acaba viniéndose arriba por su casta.

La casta es tan visible, tan serena, tan luminosa, tan viva, tan escalofriante, que la distinguen incluso los turistas en su primer día de toros.

Ya que a los toros hay que ir a emocionarse, pues la fiesta no es jolgorio ni juerga, reivindiquemos la casta por encima de todo, con más o menos bravura, pero casta, que es lo que verdaderamente da emoción y lo que los aficionados valoramos y añoramos.

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