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CONTRAQUERENCIA

José y Juan

Tan diferentes... tan complementarios

Mario Montenegro

En estas líneas no voy a entrar en las diferencias técnicas de los dos toreros más representativos de la edad de oro del toreo, que las había y muchas, sino que voy a intentar profundizar en dos modos de entender la tauromaquia como una necesidad interior profunda, como un pálpito vital, en definitiva como un modo de ser y de expresar sentimientos. Como dijo Belmonte: «!Se torea como se es¡»

Los contrastes entre José Gómez Ortega "Gallito" y Juan Belmonte comenzaron desde la propia cuna. Joselito nació en una familia en la que su padre y hermano procedían del toreo, en la cual nunca faltaba un plato de comida y unas sabanas limpias en las que acostarse. El de Gelves, aunque sin grandes dispendios hasta su triunfo como matador, pasó una infancia feliz con la chiquillería en la Alameda de Hércules, sin privaciones.

Belmonte en cambio procedía de una familia pobre, casi mísera. Su padre era quincallero, Juanito era el típico golfillo de la calle siempre jugando al toro por los patios de vecindonas de su Triana natal, e ideando la forma de echarse un bocado extra al gaznate.

Con el paso del tiempo ambos comenzaron su andadura como novilleros, uno con más suerte que el otro.

Dice la leyenda que el primer contacto entre ambos colosos fue cuando ambos se dirigían a un tentadero. José a caballo, como correspondía a un novillero de postín que para entonces ya era. Juan, a pie, con unas raídas alpargatas y el hatillo al hombro. Cuentan que al salir de Triana la comitiva de Joselito se cruzó con el maletilla y al saber que llevaba su mismo destino, Gallito lo invitó a subirse a la grupa.

Juntos llegaron al tentadero. Al saltar Belmonte desde la tapia para ponerse ante una vaca muy complicada, Gallito, un experto a esas alturas, quiso aconsejarle: «¡Niño, por el pitón izquierdo no, que se acuesta y te va a coger!».

Juan se puso ante la cara de la becerra, echándose la muleta a la mano izquierda comenzó a torear, y, naturalmente, salió volteado. Sin mirarse, se levanto como un rayo, volvió a colocarse y a citar por el mismo lado para robarle a la vaca tres o cuatro naturales muy apretados. Sacudiéndose el polvo, se acercó al burladero que ocupaba Joselito y con su tartamudez socarrona, le explicó: «Que me iba a coger ya lo sabía yo. Pero la gracia estaba en torearla por ahí».

Ya desde el inicio de su relación se contrastó la inteligencia frente a la voluntad. El ortodoxo frente al heterodoxo.

Cuando Belmonte llega a la alternativa ya existen dos bandos de seguidores claramente definidos y enfrentados. Gallito es el torero de la burguesía, de la aristocracia, de los ganaderos y profesionales. Juan el de los intelectuales y, sobre todo, el de los desarrapados, el del pueblo, el de los que se identifican con aquel suicida que hace lo que otros no se atreven para salir del pozo de la miseria. Joselito ya estaba instalado en el trono del toreo con poco más de dieciocho años, con la naturalidad que le daba su absoluta superioridad. Gallito representa el toreo de la razón, el clasicismo, la tradición; es el torero fácil, esteta y dominador en todas las suertes, es infalible.

La llegada de Belmonte fue recibida con asombro y desconcierto. Juan es el "fenómeno", el "pasmo"; es la tragedia vestida de luces, cuyo toreo golpea directamente al corazón, por la vía del asombro. Es lo nunca visto.

La mayor diferencia entre ambos toreros radicaba en la forma de encarar la lidia: la lógica frente a la pasión, la gallardía frente al arrebato. José es un torero largo, extenso, expresa garbo, flamenquería, gracia y dominio, es completo, capaz de resolver cualquier problema frente al toro. Juan es corto, intenso, con emoción, hondura y sentimiento trágico, capaz de realizar frente al toro lo nunca visto. Apabulla a los astados, se pone en unos terrenos inverosímiles hasta entonces. José María de Cossío dice de él: «Belmonte se propuso lograr el mayor efecto de belleza plástica con el exponente patético más exaltado».

Gallito arrasa, llega a aburrir por triunfar con todo tipo de toros. Belmonte en cambio no se sabe tapar, o está cumbre con los toros que se le adaptan o, simplemente, está mal. José Bergamín, reconocido "gallista", escribía respecto a los dos conceptos de tauromaquia en su libro "El arte de birlibirloque": «Lo que más entusiasma a los públicos, en un arte cualquiera, es tener la impresión de un esfuerzo de quien lo ejecuta, la sensación constante de su visible dificultad: ésta les garantiza la seguridad de que pueden aplaudir justamente, premiando el mérito. Pero al espectador inteligente lo que le importa es lo contrario: las dotes naturales extraordinarias, la facilidad, que es estética y no moral; ver realizar lo más difícil como si no lo fuera, diestramente, con gracia, sin esfuerzo, con naturalidad. Es ésta, en todo arte, la supremacía verdadera, vital»

Son distintos en todo, hasta para vestir. José, "de torero"; sin corbata, con camisa de pechera rizada con botonadura de piedras preciosas, con chaquetilla corta de terciopelo, botines y sombrero de ala ancha. Su vestuario representa toda una filosofía de vida, como el mismo explicaba: «El torero, en todas las épocas se ha diferenciado de los demás por su manera de vestir. O se es torero o se es diplomático. El que tiene sangre torera en sus venas también debe cuidar todos los detalles que adornan este arte».

Belmonte, en cambio, se viste de "gentleman". Con corbata, cuello blando, gabán y sombrero de fieltro. Un día entra en una barbería y... ¡pide que le corten la coleta, él más sagrado atributo de todo torero! Cuando apareció por primera vez en una plaza con el postizo, se formó la mundial.

Respecto al sentido trágico en el toreo de Juan Belmonte, este cuenta en la famosa biografía que dictó a Chaves Nogales una faena que realizó el 2 de Mayo de 1914 en Madrid con Rafael "El Gallo" y Joselito formando terna.

Después de un éxito apoteósico de Gallito en uno de sus toros, en el que dio tres vueltas al ruedo en clamor de multitudes, Juan le esperaba paciente, sentado en el estribo a que le llegara su turno. Esta faena, es el resumen de la tauromaquia Belmontina: «Salió, al fin, mi toro y desde el primer capotazo que le di tuve la sensación de dominio. A medida que toreaba iba creciéndome y olvidando el riesgo y la violencia del toro. Me parecía que aquello que estaba haciendo, más que un ejercicio heroico y terrible, era un juego gracioso, un divertido esparcimiento del cuerpo y el espíritu. Llamaba al toro y me lo traía hacia el cuerpo para hacerle pasar rozándose conmigo, como si aquella masa estremecida que se revolvía furiosa removiendo la arena con sus pezuñas y cortando el aire con sus cuernos fuese algo suave e inerme.

Durante toda la faena me sentí ajeno al peligro y al esfuerzo. Yo y el toro éramos los dos elementos de aquel juego; movido cada uno por la lealtad de sus instintos dispares, trazábamos sobre el albero de la plaza el esquema de la mecánica pura del toreo. El toro estaba sujeto a mí y yo a él. Llegó un momento en que me sentí envuelto en toro, fundido a él. Luego, al terminar la corrida, vi que el traje que llevaba estaba lleno de pelos del toro, que se habían quedado enganchados en los alamares. Nunca he toreado tanto ni tan a gusto.

Dijeron que como yo había toreado aquel día jamás había toreado nadie».

La historia quiso que por suerte no se cumpliera la profecía de Guerrita, que aconsejaba prisa a quien quisiera ver torear a Belmonte «antes de que un toro lo mate, porque así no se puede torear, es suicida». En cambio a Joselito, del que se decía que no había toro que le faltara al respeto, se le cruzó Bailador, con el hierro de la viuda de Ortega, una aciaga tarde de Mayo de 1920.

Dos toreros muy distintos pero complementarios, como el día y la noche. Como en los platillos de una balanza, entre ambos estaba el fiel de la grandeza de la Fiesta. El encuentro de ambos da lugar, entre los años 1914 y 1920, al momento más apasionante de la historia del toreo: La edad de oro

Joselito-Belmonte, Belmonte-Joselito, sus nombres van indisolublemente unidos, no se puede nombrar a uno sin que inmediatamente te venga el otro a la mente.

La llave de la grandeza y del misterio del toreo, se la llevaron con ellos y pasaran muchas generaciones de matadores hasta que la tauromaquia nos dé dos rivales de su dimensión.

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