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CONTRAQUERENCIA

Los varilargueros

Reivindicación de la suerte de varas

Mario Montenegro

De entre todas las suertes de la tauromaquia la de varas es la más importante para poder valorar las condiciones del toro (bravura, codicia, poder, fuerza) y al mismo tiempo atemperar su acometividad y bríos, logrando que llegue ahormado en sus embestidas a los siguientes tercios.

Imaginemos por un momento que a un toro que ha sido parado de salida su matador lo coloque a la distancia que pida el astado (según sus condiciones). Pues bien, la secuencia podría ser esta: el burel fijo en la montura (cuadrado), mientras el picador, ofreciendole los pechos del caballo, levanta el palo y dando una voz o un golpe seco en el estribo, provoca su embestida. Este se arranca sin ninguna duda y como una exhalación se estrella contra el peto del caballo (entre el pecho y el estribo). Cuando el astado mete la cara, humillado, en los faldones del peto, ya debe tener las cuerdas de la puya metidas, pues el picador echa el palo por delante (vara de detener) para intentar frenar la acometida del toro. Este, al mismo tiempo, empuja con todas sus fuerzas, recargando con los riñones (romaneando), intentando levantar en vilo montura y jinete. El varilarguero se defiende recargando su peso en la puya, ech ndose encima del palo, sacando su cuerpo de la montura (sin rectificar ni barrenar y midiendo el castigo). El toro se pondr  en suerte las veces que su matador crea necesarias según queden sus condiciones tras cada encuentro con el picador.

 

Esta es la suerte de varas bella, la que los aficionados queremos presenciar. Un toro bravo, un caballo ligero de carnes y con buena doma, y un picador que sea buen jinete y no abuse de su puesto de privilegio.

En lugar de esto estamos acostumbrados a que la suerte de varas sea un auténtico despropósito. Es antirreglamentario que los caballos salgan al ruedo con los dos ojos tapados y excepción que se cuadre al toro ante el picador. Lo normal es llevar al toro al relance ante el piquero. Hoy en día los caballos son auténticos percherones, que ni el buey Apis podría mover y mucho menos levantar en volandas. Tras meter la puya la consigna es hacer el mayor destrozo posible, abusando, rectificando y barrenando de la forma más despiadada, dejando así el lomo y el morrillo de las reses convertidos en pulpa sanguinolenta.

Por si esto fuera poco, en cuanto el toro mete la cara ante el peto el picador tira de la rienda derecha del caballo para que este gire alrededor del burel (la carioca) y no tenga posibilidad de escapatoria. En caso de renunciar a la pelea es costumbre habitual rectificar dos o tres veces la posición del puyazo (ahora te pego el puyazo en el lomo, ahora en la paletilla, ahora en los costillares... ) con lo que tras dos o tres encuentros con la acorazada de picar sale el astado con más agujeros en su piel que un zapato de verano.

El mayor temor de los picadores es que les cambien el tercio y se quede el toro sin picar, con lo cual, en el primer puyazo se masacra al astado y los siguientes encuentros, si los hubiere, son de mero trámite.

Cuantas veces hemos presenciado toros que de salida se emplean con bravura y codicia y tras dos encuentros con el picador de turno han quedado aniquilados, formando charcos de sangre a sus pies y colgándoles del lomo cuajarones de sangre coagulada.

Ya es hora de que los aficionados exijamos que la suerte de varas se realice según los cánones, que los caballos tengan buena doma y no sean de un peso desproporcionado, que salgan con un ojo destapado para poder orientarse en el ruedo y que los petos no sean auténticas corazas contra las que el toro se estrelle como si lo hiciera contra un muro. Que los picadores sean buenos caballistas y se sientan toreros a caballo, no simples comparsas de una lidia cruel, cuyo único fin es aniquilar las fuerzas del toro dejándolo totalmente inválido para su posterior lidia.

El sentido de la suerte de varas es atemperar la acometividad y calificar la bravura del toro, no destrozar despiadadamente las fuerzas que pueda tener.

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