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Luis Alonso Hernández

NI QUE LES PERSIGUIERAN SUS COLEGAS.

 En este mundo de los toros, tan sugestivo como complicado, hay muchas cosas que no comprenderé nunca, pero una, por frecuente, me mueve a denunciarla para ver si alguien pone remedio y matiza su condicionamiento en el reglamento que ahora padecemos.

Me refiero a lo relacionado con la tercera exposición secuencial del pañuelo blanco sobre la contera de ese palco ocupado por un presidente en funciones que nada sanciona y que tantas transgresiones al reglamento está cometiendo incluso en plazas emblemáticas como las de las Ventas.

Secuenciando la corrida de toros, hay dos primeras apariciones de pañuelo blanco: la primera de las cuales anuncia el comienzo del despejo de plaza y la segunda que ordena la apertura por primera vez en ese festejo, de la puerta de chiqueros para dar salida al principal protagonista de la fiesta.

Seguidamente nuestra cuestionada tercera aparición de pañuelo blanco en la que el usía llama a los picadores para que hagan su aparición en el ruedo. Claro que, como el Reglamento no matiza las condiciones que señalen el momento de salida de estos "trabajadores por cuenta ajena", lo deja a criterio de los presidentes que, como humanos que son, ni tienen los mismos conocimientos taurinos ni la misma parsimonia en mostrar esos trozos de tela de diversos colores.

Algunos son tan nerviosos que casi superponen en tiempo, las apariciones del señuelo y ello siempre suele traer malas consecuencias en el desarrollo de la lidia. Consecuencias que van, por no estar el toro fijado, desde que se salga el cornúpeta al patio de caballos, hasta que arrolle a los picadores cuando aún están entrando en el ruedo derribándolos con exposición de sus vidas, pasando por el mal menor de que el corneado sea el jaco "chutado" con el consiguiente espectáculo hiriente de sensibilidad en espectador pusilánime y perjuicio económico de propietario de cuadra de caballos.

Pero también se ve perjudicado el aficionado pagante, al privarle del magnífico espectáculo que representa ver entrar de largo a toro galopando hacia caballo blindado, pero para ello es condición "sine qua non" que el toro esté fijado para que permita llevarlo a terrenos del "burladero de primera suerte" y allí retenerle en tanto los "montados" ocupan sus lugares fijados por reglamento. Luego, el matador puede llevarlo, si es capaz de ello y quiere, al otro sitio, también reglamentado, desde el que se arranque a un "señor de la mona" con garantías de no "marraje" y de colocar la puya en el sitio ideal del "cerviguillo" sin lesionar órganos que afecten posteriormente a la movilidad por claudicaciones o pérdidas excesivas de sangre al lesionar cartílagos, huesos o vasos importantes.

El segundo tercio, también se ve afectado cuando el burel aprende del desbarajuste y corta el viaje por exceso de desarrollo de su instinto o por limitaciones físicas.

Y no digamos lo perjudicada que resulta la faena de muleta cuando el astado no acude en rectitud y con recorrido a la flámula portada por un hombre como única defensa. Nos ha privado de ver el pase "rey de la muleta". El dado con la izquierda mano. ¡El natural! sin alivio de estoque simulado y su remate con el obligado de pecho.

A veces todo se ha trastocado por una nimiedad como puede ser el adelanto en unos minutos de una aparición del antiguo "moquero" en la contera de un palco presidencial contraviniendo la lentitud que ha de primar en todo lo que se hace ante un toro que por ser bravo se arrancará ante el más mínimo movimiento.

Sentimos la impresión que el sonido de clarines y timbales están azuzando a torero que trata de ponerse en contacto, para sintonizar, con su oponente, cuando les ha sacado de su mutismo la salida precipitada de trapo blanco que cual prestidigitador ha sacado de detrás de la barandilla el presidente de la corrida.

LUIS ALONSO HERNÁNDEZ. Veterinario y aficionado

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