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Luis Alonso Hernández

Réplica al artículo publicado por Juan Posadas en la sección El Burladero con el título LA PUNTILLA en el periódico LA RAZÓN el lunes 11 de febrero del 2002.

 LO FÁCIL QUE ES ESCRIBIR SANDECES.

Por muy demócrata que sea un país, ha de regirse por unas leyes que salvaguarden el normal funcionamiento de la vida en sus aspectos más variados.

Y estas leyes, suelen exponerse para su conocimiento y cumplimiento en unos Reglamentos que no son otra cosa que: “la colección ordenada de reglas para el régimen de una colectividad”. Lo que en palabras más entendibles significa que, cada colectivo ha de tener un Reglamento para saber a qué atenerse. Otra cosa muy distinta es que se cumpla o no, acorde con la conciencia de cada cual que, por ello, se hace responsable de los castigos sancionadores.

El mundo de los toros, fiesta que enerva a la mayoría de los habitantes de esta nación fragmentada en Comunidades Autónomas, cual es España, también ha de regirse por un Reglamento que imponga orden en las secuencias de la lidia para que la anarquía no impere y el desbarajuste no conduzca, dentro de lo evitable, a accidentes mortales.

Por eso Isabel “la Catolica” abogó por los toros embolados, tras presenciar la muerte de varios mozos en la corrida de toros de Arévalo, y el Papa Pío V llegó a excomulgar a todos los que asistieran a una corrida de toros por considerar inmoral la exposición inútil de la vida ante un animal, a la vez, maltratado.

Y como el “desmadre” a pesar de todo seguía, pues cuando el toreo a pie se inmstitucionalizó, fue necesario confeccionar unos reglamentos que, mejor o peor legislados, daban pautas a las que debían atenerse quienes intervinieran en la lidia de reses bravas.

Reglamentos que fueron modificados con el paso del tiempo, en su afán de favorecer a uno u otro estamento dependiendo de los “vientos reinantes”, hasta llegar al año 1996 en que apareció el último Reglamento que ahora padecemos.

Y éste es el poseedor del articulado al que han de ceñirse los actuantes en la lidia y por el que se rige la Fiesta de los toros. El mismo que en su artículo 80, prohibe taxativamente que “un bóvido sea apuntillado sin previo atronamiento” y, naturalmente si no se és un ácrata, habrá que respetarlo.

Pero ahora resulta que, cuando a quién se ha “saltado a la torera” ese artículo se le propone para sanción, algún iluminado se enfrenta (consciente de que nada le pasará) incluso al Ministro del Interior al que reconoce como aficionado, debiendo desconocer que los buenos aficionados, SIEMPRE está a favor de que el Reglamento se cumpla a “rajatabla”. Claro que si por estos fuera, no ocuparía ese puesto de privilegio como…”desinformador taurino”.

Señores “escribidores taurinos”, “garrapateen sus reseñas con más o menos objetividad, pero no confundan a las masas con renglones donde cuestionen artículos del Reglamento Taurino porque eso es hacer "apología a la anarquía taurina" lo que debería ser igualmente sancionable, pues la deontología también debe observarla todo el que esté en cualquier medio de comunicación. Además, con ese proceder coaccionan a los presidentes de plazas poco importantes cuya función suele “venirles grande”.

Y finalmente…se me ocurre esta pregunta: ¿Qué hubiera pasado si el diestro propuesto para sanción hubiera sufrido un percance grave?. ¿Belleza o inconsciencia temeraria?. ¿Cómo lo calificaría?…¿Tal vez como transgresión al Reglamento?.

Nunca se debe perder la objetividad pues no es bueno ni ético, “arrimar el ascua a su sardina”, torero-escribidor.

                                                                           Luis Alonso Hernández. Veterinario-AFICIONADO

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