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PRENSA

PUBLICADO EN HERALDO DE ARAGÓN el 8 de Junio de 2003.

ESTO SE HUNDE

 Acabó, por fin, la Feria de San Isidro. La que dicen es la más importante del mundo y por ende, lo es. Casi un mes viendo toros, llega a ser una cuestión más de valor que de afición. Si para los que hemos seguido el día a día a través de las imágenes del Plus se nos ha hecho insufrible, piensen en los que, tarde tras tarde, han ocupado la fría piedra de tendido. Terminado el largo serial, es tiempo de reflexionar y entonar, cada cual, su "mea culpa". La feria, sin rematar, ha sido una de las de más bajo nivel de los últimos años. Los empresarios, los Lozano, han apostado, como siempre, a caballo ganador. Saben que pongan a quien pongan, Las Ventas se llena a diario de un público más itinerante que aficionado. San Isidro es, desde hace algunos años, el escaparate folclórico y ruidoso de una sociedad ansiosa por codearse con los hombres que visten de seda y oro. Madrid, ha sido siempre el espejo donde nos hemos mirado todos los aficionados, no sólo de España, sino de todo el orbe taurino. A medida que las protestas de ciertos tendidos trascendían, en cada plaza se iban incorporando una serie de reductos donde los más exigentes imitaban a los madrileños. Cuando la empresa de Madrid, comenzó a rebajar el trapío, haciéndonos creer que sólo rebajaba el volumen, abrió la puerta al fraude. El toro de esta feria bien podía haberse lidiado en cualquier plaza de primera, significando con ello, que las "figuritas" se imponían también en Las  Ventas. La mayoría de las ganaderías, descastadas, sin un ápice de raza, han puesto de manifiesto que los ganaderos se han convertido más en "ganaduros" que en criadores de bravo, creando con ello el desconcierto entre los aficionados que ya confunden el genio con la casta y la nobleza con la bondad. Si a ello unimos la mediocridad entre las filas de toreros, podemos ir despidiéndonos del arte del toreo. A este paso, no va hacer falta campañas mediáticas para al abolición de los festejos taurinos, sino que vamos a ser nosotros mismos, los que acabemos con ellos.

 De este san Isidro, son muy pocos los que han salido auténticamente revalorizados. Toreros cuyos nombres jamás hubieran ocupados ferias como la de Pamplona o Bilbao, se van a ver abocados a matar lo que los primeros de escalafón no quieran. Casos como Joselito, Rivera, Finito y un largo etcétera, van a continuar toreando, cuando y donde quieran, sin tener el valor añadido de la honestidad. En esta feria ha quedado patente que es muy fácil engañar al público. Todos los toros, por muy mansos que sean, tienen su lidia. El toreo no sólo es cuestión de ponerse bonito e hilvanar muletazos. El toreo es otra cosa que nos están haciendo olvidar a la fuerza. De los picadores, ni hablo.

Se impone el sentido común que rija la Fiesta. Sin tantos políticos de callejón, sin intermediarios, sin tanto torero adocenado y por supuesto sin tanto ganadero incapaz de buscar la bravura allá donde se sabe que la hay. Si esto pasa en Madrid, que se prepare el resto de España.

 

Ángel Solís


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