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  Domingo, 6 de marzo de 2005
 
Las embestidas de la Historia contra los toros

 

Cuando quedan unos días para que se inaugure la feria de Valencia (12 de marzo, primera de las grandes de la temporada), el crítico taurino de El Mundo Javier Villán escribe un encendido ensayo en defensa de la Fiesta nacional. Desde su visión personal, no exenta de ironía, este intelectual y crítico teatral incrimina a los enemigos del arte de matar de ayer y hoy: los nacionalismos catalán y vasco, la Iglesia y un sinnúmero de reyes como Alfonso X el Sabio, Isabel la Católica y muchos Borbones, entre los que nuestro Rey parece una excepción. Respecto a la aversión del País Vasco, cuenta que es región pródiga en diestros, como el poco o nada conocido “Chiquito de Eibar”, alias del abertzale Jon Idígoras.
Patriotismo y corridas. Inquina y rechazo contra el arte de correr toros –alanceados, socarrados o toreados– siempre ha habido. Sólo que nunca se ha manifestado de forma tan descarada y oportunista. Sobre el fondo de un humanitarismo animalista, hay un trasfondo político de intenciones concretas: estigmatizar un país por una costumbre considerada bárbara. La conclusión es obvia: si bárbaras son las costumbres, bárbaros han de ser quienes las practican. Los mayores enemigos de las corridas de toros han sido los Papas de Roma. Y luego la Ilustración volteriana. No impidió esto que, para celebrar el triunfo de los cristianos contra la morisma infiel de Granada en 1492, se celebraran festejos taurinos en la propia plaza de San Pedro. La doctrina es la doctrina y la guerra es la guerra; y cada cosa a su tiempo. Si señalo estos movimientos hostiles es para confortar a los aficionados; si nada pudieron las excomuniones contra las corridas, nada prevalecerá contra ellas. Y los interdictos catalanistas, tampoco; un brindis a la sombra de la catalanidad, muletazos mirando al tendido del soberanismo. Sólo las tendencias autodestructivas de los taurinos llevan el germen verdadero de la destrucción. Hasta José Bonaparte se rindió a la Fiesta; su instinto político le empujó a restaurar las corridas proscritas por los Borbones, en especial por Carlos III, el mejor alcalde de Madrid si a Gallardón no le parece mal. Y si le parece mal, también. Mas como Bonaparte, “Pepe Botellas”, era hermano de Napoleón y dado al morapio, según insidiosas coplas, los aficionados españoles no le agradecieron el gesto. Los patriotas taurinos desertaron de la plaza, y los toreros que accedían a torear en Madrid tenían que ser protegidos por las tropas francesas del populacho y de la guerrilla, según cuenta Fernando Villalón en su obra Taurofilia racial. A José I se debe la modernización de la corrida con la introducción del billetaje, la numeración de los asientos y la división jerárquica entre los tendidos de Sol, Sombra, y Sol y Sombra.

Nacionalismo y toros. La relación de Cataluña con los toros siempre ha sido contradictoria. Por antitaurina, Cataluña sería borbónica, pues los borbones, los de antes, no los de ahora, eran desafectos a las corridas y, por lo tanto, refractarios a lo español castizo. Pero fue precisamente un Borbón, Felipe V, quien implantó un jacobinismo centralizador en detrimento de la Corona de Aragón y del catalanismo centrífugo. Total, un lío. En 1835, y por culpa de una corrida desastrosa, hubo graves disturbios en Barcelona que acabaron en quema de iglesias y conventos y en asesinatos de curas; lo cuenta Adrian Shubert en su libro A las cinco de la tarde. Que una corrida de toros mansos y de toreros chapuceros degenere en motín clericida no es normal; puede que aquello, con el pretexto de los toros, fuese cosa del agit-pro anticlerical de los liberales. La plaza de Barcelona permaneció clausurada durante 15 años y en los cancioneros taurinos ha quedado constancia del violento suceso: “Van surtir sis tores/ que van a ser dolents/. Aixó va a ser causa/ de cremá els convents”. Traducción aproximada: “Salieron seis toros muy malos y eso fue la causa de que se quemaran los conventos”.

Volverán las aguas a su cauce, si es que vuelven y, en el contencioso con Cataluña, el pleito de las corridas habrá sido calderilla de nacionalismo, falso límite de identidades y mercancía de matute. No hay que ignorar riesgos, mas conviene relativizarlos e incluso ver su lado jocoso. Por ejemplo, la máxima expresión de la maldad separatista y, por lo tanto, el peor enemigo de las corridas es Carod Rovira; pero Carod tiene cara y bigote de guardia civil, sólo le falta el tricornio. Y el tricornio es lo más parecido a una montera. Los “civiles”, que yo sepa –y para mi mal los he tenido muy cerca en ocasiones– nunca han sido antitaurinos; ni siquiera cuando el señorito ganadero los azuzaba contra torerillos furtivos y saltacercas; y en ocasiones han disimulado la subversión de los maletillas frente al terrateniente. Por último, y pese a los Carod de turno, está la legión de charnegos en segunda o tercera generación, catalanes de hecho, de derecho e incluso de sentimiento, cuyos votos no estarán dispuestos a malbaratar los partidos que decreten la prohibición. En esto de los toros, la presión popular se ha impuesto siempre a la política.

El antitaurinismo vasco es de parecida naturaleza, aunque de menor intensidad y está mitigado por una afición más estable y por una tradición más arraigada que la catalana. Betitzu era el toro bravo de los montes vascongados. Betitzu, toro rojo, ha escrito Ignacio Amestoy, una mitología de la libertad. En tiempos, cuando las cuestiones nacionalistas eran menos broncas que ahora, vascos hubo que reivindicaron el vasquismo fundacional de las corridas. Cuando en el XVIII la corrida adquirió la estructura aproximada que tiene hoy, del norte salieron a la diáspora ibérica cuadrillas afamadas por sus artes lidiadoras. Y, más reciente, hasta Jon Idígoras, uno de los líderes de Batasuna, quiso ser torero, aunque no pasara de modesto aficionado sin porvenir. Dicen que su nombre de guerra era Chiquito de Eibar o quizá Chiquito de Amorebieta, pero esto nadie me lo ha podido confirmar, ni el propio Jon Idígoras.

Para los aficionados del resto de España, Bilbao y sus “toros de hierro” han sido referencia inexcusable; si están dejando de serlo, no es por miedo a la torada nacionalista, sino porque los toros de hierro han degenerado en toros de herrumbre. En Donosti, el mítico Chofre desapareció a causa de la especulación inmobiliaria, no de la presión nacionalista. En los 25 años sin toros en la capital, Azpeitia, a corto trecho de Ignacio de Loyola, conservó en Guipúzkoa la llama sagrada. Es emocionante el aurresku en memoria de un banderillero muerto hace muchísimos años. Aunque sólo fuera por ese aurresku conmovedor y bello, cada tarde tras el arrastre del tercer toro, Azpeitia merecería la pena. Cuando se inauguró Illumbe en San Sebastián hace media docena de años, no pasó nada, salvo algún gesto testimonial. Supongo que los Chopera habrán tenido que pasarse por ventanilla; pero eso, limitado a los toros, lo único que hace es relativizar las corridas como querella política entre culturas. Mi admirado Alfonso Sastre me decía un día ante las puertas del coso donostiarra que a él, abonado antiguo de Las Ventas, lo único que le había echado de las plazas era el aburrimiento. Esa es la madre del cordero y por ahí pueden venir todos los males a las corridas. Peligros y amenazas han acechado siempre a una Fiesta a la que acaso sea abusivo llamarla Nacional, pues hay “nacionales” que abominan de ella. En mi modesta y, sin embargo, acertada opinión, decir que los toros son una de las señas de identidad de lo radical español es un atraso, lo diga un separatista catalán o un nacionalista castellano.

El rey sabio y la Reina Católica, antitaurinos con matices. Toda prohibición ha tenido siempre detrás motivos políticos o razones de Estado. Alfonso X, el rey Sabio, quiso adular a la nobleza favoreciendo el alanceamiento y consideró enfamado, o sea despreciable y ruin, a todo aquél que lidiara con res brava por dinero. Los enfamados, gente sin fama y sin honra, matatoros por estipendio, fueron confinados a auxiliares a pie de los nobles a caballo. Alfonso X, en la partida setena de su célebre Código lo deja bien claro: para ganar honra y prez delante en la pendencia con un toro no puede mediar dinero. Hoy, como es natural, todos lidian por estipendio y nadie se lo echa en cara.

Isabel la Católica no entró en cuestiones de honra, sino de moral y compasión. Le horrorizaban los muertos y la carnicería entre el pueblo, que entonces era mucha. Y, aunque no se atrevió a prohibir los toros de muerte, trató de eliminar riesgos. Mandó embolar las astas y prometió a su confesor fray Hernando de Talavera que nunca vería correr toros que no tuviesen las astas enfundadas. La reina católica fue un modelo de coherencia. Y de cierto equilibrio tolerante, cosa que no puede decirse de la Iglesia que suele poner una vela a Dios y otra al diablo.

En tiempos, congregaciones y hospitales obtuvieron la organización de corridas de Beneficencia para ayudar al prójimo menesteroso. Y criadores de toros han sido muchas órdenes religiosas como los cartujos, los dominicos o los agustinos; ganaderías procedentes de “ganado diezmero” –diezmos y primicias– que ganaderos y agricultores apoquinaban a la Iglesia. No había fiesta ni celebración religiosa que no se celebrara apaleando y corriendo por la calles toros cazados a lazo en el campo. Era una forma un poco cafre de honrar a los santos; pero allá cada cristiano con su conciencia. Actualmente se sigue haciendo, pues la feria taurina de cada ciudad, villa o pueblo, se organiza en torno a festividades de vírgenes y santos.

Excomuniones; con la Iglesia hemos topado. Felipe II, rey católico por excelencia y taurino por razón de Estado, tuvo que enfrentarse al papado y a su conciencia. Durante su reinado, nada menos que tres vicarios de Cristo, PioV, Gregorio XIII y Sixto V, promulgaron bulas de excomunión contra quienes autorizasen correr toros y negaron tierra sagrada a los muertos que hubieran participado en fiestas táuricas. Felipe II hizo oídos sordos al anatema y fue dejando que el asunto se pudriera en la Curia. La saña pontificia se fue relajando hasta centrarse exclusivamente en el clero. Pero los curas taurófilos afrontaron admoniciones y condenas y se disfrazaban para entrar en las plazas. En Toros en Madrid refiere Pasqual Millán, un divertido lance del cardenal Barberini, una especie de Nuncio apostólico, descubierto bajo el disfraz por el propio rey Felipe que le dijo: “Bien disfrazado vais, señor Cardenal, pero no tanto que no se os conozca”. Roma acabó levantando el anatema y salvó la cara reconociendo que su fiel súbdito Felipe II había hecho todo lo posible por cumplir el paternal mandato. En realidad, el soberano no había hecho nada. Se limitó a decir que en la sangre de los españoles estaba correr toros y que era temeridad de gobernante exponer su reino a algaradas y trifulcas. La política venció a la teología. La base doctrinal de Roma era muy sencilla: Dios es el señor de la vida y quien la arriesga ante un toro se pone en peligro de condenación.

Borbones, Ilustración y 98: a degüello. Los borbones borbonearon a su gusto en contra de la Fiesta. Y, sin embargo, han sido decisivos en la evolución de la misma. Al abominar de la corrida caballeresca en decadencia, apartaron de ella, por servilismo cortesano, a los nobles y éstos dejaron el campo libre a chulos y auxiliadores. Y así nació la corrida de a pie, más o menos como se realiza hoy. Felipe V, Fernando VI, Carlos III, Carlos IV y Fernando VII prohibieron los toros, pero usaron de ellos según necesitaran de la plebe para sus borboneos. El más coherente fue Carlos III que, influido por su Ministro el conde de Aranda, los prohibió en 1785; murió tres años después y Carlos IV celebró su exaltación al trono con suntuosos festejos y luego volvió a prohibirlos. Fernando VII los prohibió a su regreso del exilio y luego los restableció. Lo característico de su reinado: palo a la burra blanca, palo a la burra negra.

De los ilustrados, el más enconado enemigo fue Jovellanos, al que durante mucho tiempo se le atribuyó un ácido panfleto, Oración apologética en defensa del Estado floreciente de España, más conocido como Pan y toros. El verdadero autor de esta incendiaria diatriba contra todo, que nutrió el antitaurinismo de la Generación del 98, es León del Arroyal, un ilustrado marginal, y viene a decir que las corridas son los talleres de nuestras costumbres políticas. Pudiera ser, aunque no lo creo. Como tampoco creo que de las plazas salgan, según decía Eugenio Noell, todos los crímenes de navaja y todas la lujurias. Si tengo que inclinarme por alguien o por algo, lo haría por don Jacinto Benavente, que afirmaba: “Si no se tostara a los toros en la plaza tal vez tostaríamos herejes en las hogueras de la Inquisición”. No lo sé. Tiempos hubo en que se hicieron ambas cosas a la vez.


 Javier Villán

  © Mundinteractivos, S.A.

 


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