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La Casta GALLARDO

 

ORÍGENES Y EVOLUCIÓN

Aunque el origen de la Casta de Gallardo es prácticamente idéntico que el de la Casta de Cabrera, parece ser que ya en los tiempos en que fueron creadas, a lo largo del siglo XVIII, los ejemplares de una y otra procedencia presentan apreciables diferencias sobre todo desde el punto de vista morfológico.

La Casta de Gallardo torna su nombre de Francisco Gallardo y sus hermanos, ganaderos del Puerto de Santa María que la mantuvieron en su poder un tiempo considerable, durante el cual practicaron una selección escrupulosa y de buenos resultados, a juzgar por el considerable prestigio que consiguieron en las plazas de toros, donde compitieron directamente con las más importantes de su tiempo, es decir, con las de Cabrera, Vázquez y Vistahermosa.

No obstante y, pese a que la familia Gallardo sea considerada como la creadora de esta Casta Fundacional de la ganadería brava, la realidad es que sus orígenes son anteriores y se remontan a la que tuvieron los frailes Cartujos de Jerez. Dicha vacada se creó con reses de orígenes diversos, procedentes de la recaudación de diezmos.

Los diezmos eran las contribuciones o impuestos que los ganaderos y agricultores estaban obligados a entregar a la Iglesia Católica. En el primer caso consistían en la aportación de un becerro o una vaca por cada diez en que había aumentado cada ganadería anualmente.

De esta forma los Cartujos tuvieron la oportunidad de conseguir reproductores de las mejores ganaderías de su tiempo, que luego fueron seleccionando con bastante acierto y que les permitieron conseguir un considerable prestigio como ganaderos, no sólo con las reses de lidia y el vacuno manso, sino también los caballos que llevan su nombre.

Los Cartujos de Jerez tuvieron pronto imitadores y así los Dominicos del convento sevillano de San Jacinto adquirieron reses de los frailes jerezanos y se lanzaron a la aventura de criar ganado de lidia.

Aprovechando su relación eclesiástica, Marcelino Bernaldo de Quirós, que era presbítero en la localidad gaditana de Rota compró reses a los Dominicos de San Jacinto y las unió a otras que ya tenía en su poder y que procedían de Casta Navarra.

El hecho de que Bernaldo de Quirós criase ejemplares de esta última Casta en el corazón de Andalucía se explica porque el sacerdote era originario de Navarra y los trajo consigo hasta la localidad donde ejercía su labor pastoral. No obstante, tras comprar los vacunos de los Dominicos, vendió la mayor parte de las reses navarras a otro ganadero de Rota, Francisco Trapero, quien las cruzó con ejemplares de Vistahermosa.

La mayor parte de la ganadería de Bernaldo de Quirós fue adquirida por Francisco Gallardo y sus hermanos, que la trasladaron hasta el Puerto de Santa María y que debieron eliminar la mayoría de los ejemplares navarros que aún subsistían.

Mediante selección, Gallardo consiguió fijar los caracteres de las reses, que según los tratadistas eran finas, de buen trapío y corpulentas, predominando en ellas las pintas negras, berrendas y castañas. Durante la lidia tenían fama de ser bravas y de conservar su poderío y pujanza hasta el último tercio, algo que gustaba mucho a los aficionados de entonces.

Después del fallecimiento de Francisco Gallardo, sus herederos vendieron la ganadería en tres lotes. El primero de ellos fue adquirido por Gaspar Montero y traspasado posteriormente a Antonio Gil Herrera, quién en 1842 se lo vendió a Juan Miura, tatarabuelo de los actuales propietarios de la ganadería y creador de la misma.

La ganadería adquirida por Juan Miura constaba de unas doscientas veinte vacas de vientre, a las que siete años más tarde añadió la vacada de José Luis Albareda, de idéntico origen e integrada por doscientas vacas y ciento sesenta y ocho machos.

La segunda parte de la abundante ganadería de Gallardo, integrada por unas quinientas cabezas, fue a parar a Domingo Varela, que la cruzó con reses de otras procedencias. Esta porción se extinguió totalmente y en la actualidad carece de relevancia.

El tercer lote, más grande que los restantes, fue adquirido por José Luis Albareda y Pedro Echeverrigaray. Al extinguirse la sociedad la parte de Albareda pasó, como ya hemos indicado, a engrosar la ganadería de Miura, mientras que la procedente de Echeverrigaray fue a constituir la base de la vacada de Pablo Romero, tras pasar por siete propietarios intermedios y sufrir algunos cruces con reses de otros orígenes, fundamentalmente de Casta Vazqueña.

Así las cosas, la cabaña brava actual tan solo mantiene algunos restos de la Casta de Gallardo, cruzados y difuminados por la Casta de Cabrera, en el caso de Miura y más manifiestos, pero también cruzados, con sangre Vazqueña, de Cabrera, de Saltillo y algún vestigio de Jijona y Navarra, en el encaste de Pablo- Romero.

 

EL ENCASTE DE PABLO ROMERO

La ganadería de Pablo Romero es una de las más importantes de cuantas han existido en el mundo taurino. Fue creada por Felipe de Pablo Romero en 1885, por compra de la vacada de vacas jijonas de Alvaro Muñoz Carlos Conradi.

Este último ganadero apenas la mantuvo en su poder durante algunos meses, tras haberla adquirido a Rafael Laffitte.

La vacada había sido constituida como un mosaico de variadas procedencias, donde se entremezclan en mayor o menor medida reses derivadas de las Castas de Gallardo, Cabrera, Vazqueña, Jijona y Navarra, aunque se considera como la única superviviente de la primera de estas.

En realidad, fue el sevillano Laffitte quien puso los primeros cimientos para la creación de la ganadería en 1870. Ese año adquirió la vacada creada por el cordobés Rafael Barbero, con vacas jijonas de Álvaro Muñoz y sementales de Cabrera.

Cuatro años después, Laffitte incorporó las reses que integraban la divisa de José Bermúdez Reina y que con anterioridad habían pertenecido al Duque de San Lorenzo.

Este último lote descendía básicamente de la Casta Vazqueña (línea Benjumea) y de Cabrera, pero incluía también setenta y tres vacas procedentes de Gallardo, base fundamental de la ganadería de Pablo Romero y que a su vez también incorporaban algo de Casta Navarra.

Tras mantener la vacada en su poder durante quince años, fue adquirida por Conradi que la vendió inmediatamente en dos lotes, uno a Felipe de Pablo Romero y el otro, actualmente extinguido, a Francisco Gallardo.

Entre octubre de 1885 y diciembre de 1997 la ganadería se mantuvo siempre en poder de la familia de Pablo Romero, pasando por cuatro generaciones, hasta que ese año su último propietario, Jaime de Pablo Romero, la vendió a una sociedad que la anuncia a nombre de "Partido de Resma", denominación con que se conoce la finca donde pastan las reses.

Durante casi los ciento doce años que la ganadería perteneció a la misma familia gozó de gran prestigio entre los aficionados y lidió muchos de los toros más bravos que se recuerdan.

Madrid fue la plaza donde más cartel tuvieron los "pablorromeros", que siempre constituyeron un espectáculo por sí mismos y una de las citas más esperadas por los aficionados, sabedores de que la divisa sevillana nunca defraudaba con la presentación de sus corridas y además, en la mayoría de las ocasiones, sus reses lucían también bravura y casta.

Uno de los méritos más destacables de Pablo Romero en toda su historia ha sido su capacidad para evolucionar, para adaptarse a las modificaciones introducidas en la Fiesta durante su existencia, pero sin renunciar nunca a sus conceptos sobre la selección y la integridad del toro.

De esta forma Pablo Romero produjo durante el siglo XIX y en las primeras décadas del XX un tipo de ejemplares acordes con los festejos de aquel tiempo. Se trataba de reses que peleaban espectacularmente en el primer tercio, tomando muchas varas con poder, bravura y fiereza para luego, como la mayor parte de los toros de entonces, desarrollar dificultades y sentido, vendiendo cara su vida.

A partir de los años treinta, los "pablorromeros" cambiaron radicalmente, asemejándose cada vez más a los que conocemos en la actualidad. Mantuvieron siempre su fondo bravo y encastado, pero comenzaron a ser colaboradores con aquellos toreros que eran capaces de someter su temperamento, aportando nobleza y posibilitando el triunfo de los diestros.

En ese antes y después que se produjo en la ganadería tuvo una influencia decisiva la utilización entre 1914 y 1917 de sementales de Saltillo. La existencia de este cruce jamás fue admitida o negada por los propietarios, pero observando los toros de esta divisa es una realidad que salta a la vista. Además, las dos vacadas (Pablo Romero y Saltillo) compartieron pastos durante tres años, posibilitando este trasvase genético que habría de resultar decisivo para configurar la tipología de los "Pabloromeros" del Siglo XX.

A la muerte del Marqués de Saltillo y hasta que la ganadería fue adquirida por Félix Moreno Ardanuy las reses fueron trasladadas a las fincas de la familia Pablo Romero en la marisma sevillana, de modo que el cruzamiento pudo realizarse con toda comodidad y sin que llamara la atención.

La influencia de la sangre Saltillo y la selección aplicada buscando aunar bravura y nobleza, hizo desaparecer las pintas coloradas, castañas, berrendas en castaño y en colorado rápidamente, mientras que las berrendas en negro se mantuvieron hasta principios de los años sesenta.

Todas estas capas fueron eliminadas porque los toros que las lucían resultaban generalmente peores que los cárdenos y negros, que al final son los que se han mantenido hasta los tiempos actuales.

Pero los pelajes no son el único aspecto diferencial existente entre los "pablorromeros" antiguos y modernos, sino que también existen otros destacables.

A lo largo del proceso evolutivo del encaste, el toro de Pablo Romero se fue haciendo paulatinamente más armónico, más bajo de agujas y más cerca de tierra, como consecuencia del acortamiento de sus extremidades.

La cabeza se fue achatando hasta convertirse en la típica que lucen ahora y las encornaduras, en forma de gancho, redujeron gradualmente su longitud. Igualmente se fueron redondeando sus formas y alcanzando mayor grado de desarrollo de las masas musculares, especialmente en el morrillo y en la zona de la grupa, mientras que se mantuvieron la anchura y la hondura características.

En definitiva, la morfología se fue adaptando en mayor medida al toreo moderno aunque no en su totalidad, ya que el cuello mantuvo la cortedad típica de los prototipos menos evolucionados.

De este modo los "pablorromeros" encajaron bien en los gustos de los aficionados y en el de los mejores diestros que, respetuosos con aquellos, los han venido lidiando en las plazas de mayor categoría hasta comienzos de la década de los ochenta.

Muchas figuras de los años cincuenta, sesenta y comienzos de los setenta revalidaron su cartel frente a los toros de Pablo Romero. El transcurso de los años sesenta sobre todo, y también de una parte de los setenta estuvo acompañado por muchas tardes de triunfo en todas las plazas donde tradicionalmente se lidiaban los "pablorromeros". Fue ésta una etapa de innumerables éxitos, pero también marcó el inicio de lo que después se convertiría en el principal problema de la divisa, la flojedad e incluso el derrumbamiento de bastantes toros durante la lidia.

A pesar de todo el buen nombre de la ganadería pudo mantenerse gracias al caudal de bravura y casta imperantes en la vacada, de modo que los aficionados perdonaban los fracasos de la falta de fuerza y conservaban la esperanza de la recuperación, considerando como lógicos los altibajos en una trayectoria ganadera tan dilatada.

Pero a partir de 1980 esos altibajos degeneraron en una acusada crisis, derivada fundamentalmente de la falta de fuerza, rayana en la invalidez y que parecía haberse extendido al conjunto de la vacada.

A esa debilidad se unieron también un bajón notable de casta y bravura, que trajeron como consecuencia la pérdida de cartel y la desaparición de Pablo Romero de la mayor parte de las ferias importantes. Las figuras le volvieron la espalda y tan sólo Madrid mantuvo la fidelidad a la ganadería independientemente de los resultados, pero la realidad es que en los años sucesivos la divisa desapareció como referente de las plazas de mayor prestigio.

Jaime de Pablo Romero adquirió a sus hermanos en 1986 la ganadería para evitar su venta, realizando un último esfuerzo para que la legendaria divisa volviera a ocupar el lugar destacado que había tenido tradicionalmente. Durante la década de los 90 los "pablorromeros" se vieron relegados con frecuencia a plazas de pueblo, pero lo peor es que se mantuvieron los mismos problemas que habían hundido su buen cartel.

Fue un periodo de altibajos e irregularidad en el que, junto a corridas esperanzadoras en las que los toros no se caían o en las que saltaba al ruedo algún ejemplar de categoría, se sucedían otras muchas con ejemplares que en nada recordaban a los clásicos "pablorromeros" por mansos y descastados y que además seguían rodando por los suelos.

La realidad es que durante este último periodo en poder de algún miembro de la familia de Pablo – Romero, la media cualitativa de los productos de la casa estuvo muy por debajo de sus cotas habituales y sólo algunos ejemplares, salpicados entre un conjunto mediocre, lograron mantener la esperanza de que la recuperación del pasado esplendor era posible.

Desgraciadamente al ganadero no le fueron bien las cosas y ya a finales de 1997 se vio obligado a deshacerse de la ganadería y venderla a sus actuales dueños. No obstante la familia de Pablo Romero ha realizado una aportación muy valiosa a la Fiesta de los Toros y a la Raza de Lidia con la creación de un encaste singular y un prototipo de toro único, distinto de los demás que hayan existido nunca.

Desde la temporada de 1998 Pablo Romero ha pasado a denominarse Partido de Resma, el mismo nombre que tiene la finca sevillana donde pastan las reses. Ya no pertenece a ningún miembro de la legendaria familia ganadera. Ahora es propiedad de una sociedad mercantil.

La buena tónica general del juego de las reses lidiadas durante las últimas temporadas así como la recuperación y fijación del tipo característico de la ganadería son la mejor prueba de que Jaime de Pablo Romero estaba en el buen camino cuando se desprendió de ella.

 

La morfología de los vacunos del encaste de Pablo Romero

Históricamente, los toros de Pablo Romero han gozado siempre de una bien ganada fama, la de ser los ejemplares de mayor belleza en el conjunto de la raza

hasta el punto que su línea morfológica resume en muchos casos el canon, el ideal prototípico de la raza de lidia.

La amalgama de sangres que intervino en la creación de la ganadería y las firmes directrices selectivas aplicadas han logrado un toro de trapío verdaderamente espectacular, distinto de los restantes que existen e inconfundible hasta para cualquier profano en la materia.

La "personalidad" de los ejemplares de Pablo Romero se fundamenta sobre todo en la rotundidad y en la armonía de sus formas, y en la perfección global en que se convierte muchas veces el conjunto de sus imperfecciones.

En el campo y en la plaza los "pablorromeros" resultan impresionantes. Su gallardía cuando se descaran ante la presencia de algún extraño que invade su territorio es solamente la muestra del aspecto majestuoso que alcanzan al salir al ruedo, desafiantes y magníficos, cosechando el respeto y las ovaciones de los buenos aficionados en los tiempos actuales y pretéritos.

La morfología tan singular que lucen los toros de esta divisa está influida principalmente por la perfecta conjunción que se produce entre la cabeza del animal, pequeña, ancha y corta, con el destacable volumen corporal derivado del gran desarrollo de sus diámetros transversales y de su musculatura. Todo ello cuenta además con el realce que le da la capa cárdena, la más característica de los "pablorromeros".

Esta interacción de rasgos morfológicos condiciona la existencia de un ejemplar de talla media (mediolíneo), con característico perfil cefálico subcóncavo, hondo y cercano a la hipermetría por su anchura, por el gran desarrollo de sus masas musculares y por la redondez de sus formas.

Mientras la mayoría de los ganaderos se ven con frecuencia obligados a forzar el cebo de sus reses, para que se rematen y poder lidiarlas en las plazas más exigentes, al toro de Pablo Romero casi es necesario ponerlo a régimen para que no se pase de kilos y se "achichone" en exceso, habida cuenta de su facilidad para engordar.

De hecho se trata de un tipo de ejemplar que rebasa con facilidad los 600 kilos de peso en vivo y además tiene un alto rendimiento en canal, derivado directamente de su ampulosidad y no de su tamaño, porque cómo ya hemos indicado el toro de Pablo Romero no es un animal grande dentro del conjunto de la raza, sino de tamaño medio y bajo de agujas.

La cabeza es igualmente llamativa. De característico perfil subcóncavo, ancha, chata y con el diámetro fronto-nasal muy corto, parece a primera vista desproporcionada por pequeña con respecto al gran volumen corporal, aunque observando el conjunto del animal, se ve que armonizan a la perfección.

Además la testa dota a los Pabloromeros de muchas de sus características genuinas y diferenciales, con respecto a las reses de los restantes encastes. Su forma es un trapecio invertido, que se corresponde con una frente amplia y un morro ancho y brillante.

Los ojos son grandes, vivaces y característicamente rasgados, apareciendo colocados en una posición alta en la cabeza. Las orejas tienen tamaño pequeño y son muy móviles, al igual que ocurre en los restantes prototipos de la raza de lidia.

Toda la cabeza está cubierta por pelos abundantes y muy rizosos, no solo en la frente, si no también en la carrillada y prolongándose hacia el morrillo y las tablas del cuello, junto con un característico flequillo en la parte superior, que cae sobre la frente o queda en punta.

Las encornaduras, en forma de gancho, alcanzan un grado de desarrollo medio, de modo que los ejemplares de este encaste suelen estar bien puestos de cuerna, pero de forma proporcionada, sin que abunden los corralones y siendo mucho menos frecuentes los animales cornicortos.

Los cuernos de los "pabloromeros" son de coloraciones oscuras, grosor medio en la base y no suelen ser muy astifinos de pitones. Anchos de cuna, en su trayecto se dirigen generalmente hacia delante y hacia arriba, de forma que predominan los ejemplares cornianchos, veletos, corniapretados, cornidelanteros y los bien armaos en conjunto. No son frecuentes los brochos ni los gachos.

El cuello es sin lugar a dudas el punto más negativo de la conformación de estos toros, ya que suele ser corto y esto les resta muchas posibilidades de humillar a la hora de embestir, haciendo que predominen los ejemplares que siguen el capote o la muleta llevando la cara a media altura.

Durante muchos años los creadores de la ganadería han intentado corregir este defecto, que ha ido acrecentando su importancia conforme el toreo ha evolucionado en la búsqueda de un tipo de ejemplar de más calidad en la embestida, que roce con su hocico la arena de la plaza al embestir. Pero la cortedad del cuello tiene también su aspecto positivo, ya que incrementa la gallardía y belleza de los toros, que aparecen permanentemente encampanados.

A base de selección se ha conseguido que el cuello sea algo más largo que antaño, pero sin que esta modificación haya supuesto en ningún momento abandonar el tipo característico de los ejemplares de la divisa.

El morrillo de los "pablorromeros" resulta espectacular por su anchura, desarrollo y prominencia, apareciendo generalmente cubierto por numerosos rizos que, junto con los de la cara, les dan aspecto de gran seriedad.

La papada alcanza un grado de desarrollo bastante discreto. El tronco es ancho y cilíndrico, con las costillas arqueadas y el pecho profundo. La línea dorso-lumbar muy recta y la ventral se corresponde con el conjunto del animal. La grupa es ancha y muy desarrollada, especialmente los músculos de la culata. Ocasionalmente pueden darse ejemplares "culones" o de grupa doble, que son casi inexistentes en los restantes encastes que componen la raza de lidia.

Las extremidades son finas y más bien cortas, mientras que la cola es igualmente fina, larga y con borlón poblado. A pesar de que generalmente son toros bien aplomados, resultan especialmente desgarbados al andar y muchas veces parece que cojean. Esta circunstancia se produce como consecuencia de su anchura corporal y de su ampulosidad, de modo que en movimiento tienen un balanceo característico y parece como si se les rozaran las caras internas de los muslos y les obligasen a ir despatarrados.

La piel de los "pablorromeros" es fina y los pelajes típicos de la ganadería son el cárdeno en toda su variedad, desde el cárdeno muy claro hasta el cárdeno oscuro, y el negro en sus tres variantes, zaíno, mulato y azabache. Los últimos berrendos en negro que subsistían desaparecieron hacia 1960.

La eliminación de este último pelaje se produjo al considerar los propietarios que los toros que lo presentaban resultaban peores para la lidia. No obstante, Antonio Ordóñez consiguió un gran triunfo con un berrendo en negro de Pablo Romero, el año 1951, en la antigua plaza de San Sebastián.

Aunque los más característicos han sido siempre los ejemplares cárdenos, durante la centuria que la ganadería estuvo en poder de la familia Pablo Romero fueron más abundantes porcentualmente los negros. Esta tendencia tiende a invertirse y ahora lucen pelaje cárdeno todos los sementales con que cuenta la vacada. Los actuales propietarios consideran que los aficionados y los profesionales identifican más la divisa con esta capa y por tanto tiene mayor demanda. No obstante, nadie ha señalado diferencias cualitativas entre los ejemplares de una y otra pinta, aunque siempre parece que se recuerdan más los toros de pelaje grisáceo que los negros y es que la espectacularidad de los cárdenos de Pablo Romero resulta impactante para los aficionados y hasta para los simples espectadores.

Estas capas suelen ir acompañadas por una serie de accidentales destacando sobre todos el entrepelado. También son frecuentes el bocinegro, el gargantillo, el girón, el rebarbo, el coliblanco y el rabicano, junto con otros más comunes en todos los vacunos de lidia, como el bragado, meano y axiblanco.

En mayor o menor medida se aprecian también ejemplares llorones, ojalados, luceros, estrellados, caretos, caribellos, listones, salpicados, botineros e incluso chorreados en verdugo.

Este último accidental se da en algunos ejemplares cárdenos y es muy peculiar puesto que las líneas negras verticales, que bajan desde la espina dorsal hasta el vientre, son muy finas y bastante diferentes de las características bandas de los restantes chorreados en verdugo, que son siempre más anchas.

 

Las vacas del encaste de Pablo Romero.

Al igual que sucede con los machos, las vacas de Pablo Romero cuentan con una serie de rasgos característicos marcadamente diferenciados de los que lucen las restantes hembras de la raza de Lidia.

En conjunto resultan armónicas, bonitas y muy vivaces. Son bajas de agujas y finas, sin que esta característica entre en contraposición con su típica anchura.

El perfil cefálico de las vacas acentúa la concavidad característica del encaste, de modo que la cabeza es ancha y muy chata, y en ella destacan los ojos por su tamaño y brillantez. Las orejas tienen tamaño pequeño y el morro es ancho y reluciente. En la parte superior de la cabeza presentan una característica moña o tupé, con pelos largos, que se distribuyen desordenadamente, a modo de remolinos.

Las encornaduras son finas y de longitud media. Se dirigen generalmente hacia delante o hacia delante y hacia arriba. No son muy frecuentes las gachas.

El cuello es un poco corto y la papada poco marcada. Presentan la línea dorso-lumbar característicamente recta y los costillares arqueados. Son anchas de pecho y de grupa, aunque esta última presenta un grado de desarrollo considerablemente más discreto que en el caso de los machos.

El vientre es redondeado y las extremidades finas y más bien cortas, configurando un tipo de animal cerca de tierra. La cola es igualmente fina y de borlón abundante, mientras que las ubres, anchas y globosas, tienen un tamaño más bien grande para lo habitual en las hembras de la raza, siendo los pezones finos y de tamaño medio.

Los pelajes más característicos son los cárdenos, en toda la variedad de la gama. Además de estos abundan los negros y suele ser bastante frecuente el negro mulato. También pueden aparecer algunos tostados.

Los accidentales que acompañan a estas pintas son los mismos que lucen los machos, con predominio del entrepelado y el bragado. También se dan el bocinegro, el gargantillo, el axiblanco, el botinero, el rebarbo y el rabicano, y con menor asiduidad aparecen algunas reses gironas, caretas, luceras, calceteras y coliblancas.

Tan sólo los típicos pelajes cárdenos de las vacas de Pablo Romero permiten apreciar analogías con las hembras procedentes de Santa Colorna y Saltillo, sin duda derivadas de la influencia transmitida a unas y otras por esta última sangre.

Sin embargo las diferencias saltan a la vista, ya que las derivadas de Pablo Romero son mucho más compactas, anchas y ampulosas, más chatas de cabeza y de mayor tamaño en general, aunque tampoco puedan considerarse como de talla grande, sino media, dentro del conjunto de la raza.

Suelen ser buenas criadoras y muy rústicas. Mantienen una relación jerárquica más acusada que la habitual en las hembras de la mayoría de los encastes y suelen ser bastante agresivas, peleonas y difíciles de manejar.

 

El comportamiento del encaste de Pablo Romero

La inmensa mayoría de las ganaderías encastadas suelen coincidir en la peculiaridad del carácter indómito y las dificultades de manejo propias de los vacunos que las integran. Pablo Romero no supone una excepción a esta norma y los ejemplares de este encaste figuran entre los de mayor complejidad.

Se trata de vacunos muy ariscos y extremadamente agresivos con sus propios hermanos de carnada y también con cualquier elemento ajeno a su hábitat. Tradicionalmente han sido así de complicados, lo cual puede ser debido a que durante muchas generaciones se han desenvuelto en grandes extensiones de marisma, en zonas agrestes y de pastos bravíos que imprimen carácter, en condiciones que dificultan más su llevanza y manejo, propiciando la independencia y el espíritu solitario de los animales.

Esta especial agresividad se pone en evidencia desde edades tempranas y es común a machos y hembras, aunque generalmente suele tener peores consecuencias en el caso de aquellos, sobre todo si se trata de ejemplares adultos.

Para paliar los efectos negativos de una conducta tan agresiva, la carnada de cuatreños se reparte en varios cercados y en pequeños lotes, que integran entre siete y diez toros cada uno.

Esta distribución se lleva a cabo en función del tamaño de los toros, buscando la mayor homogeneidad posible, de modo que queden juntos aquellos que puedan destinarse a un mismo festejo, para evitar en la medida de lo posible tener que volver luego a juntarlos con los otros, ya que entonces los enfrentamientos serían aún más violentos y el número de animales muertos o inutilizados para la lidia considerablemente mayor.

Los toros de Pablo Romero son realmente temibles en el campo. Están prestos siempre a enzarzarse en peleas encarnizadas con sus compañeros de cercado ante la menor provocación, y una vez que empieza la tangana cuesta muchísimo trabajo separarlos y apaciguarlos, ya que a la menor oportunidad vuelven a buscar a su adversario y generalmente insisten una y otra vez en el empeño, de modo que las peleas suelen tener graves consecuencias y causar un número considerable de bajas en cada carnada.

La frecuencia y la magnitud de las peleas que mantienen es de tal calibre que ha obligado a adoptar medidas especiales de manejo y ahora, en cuanto se atisba la posibilidad de enfrentamientos, se sacan los toros a un "corredero" de que dispone la finca y allí se les obliga a dar varias vueltas al recinto galopando, hasta que el cansancio les devuelve la calma y evita que se repitan los encuentros, al menos por el momento.

Esta práctica está dando buenos resultados y sirve al mismo tiempo como gimnástica funcional para los toros. No obstante el sistema no puede emplearse con los utreros, que se mantienen todos juntos, ya que la distribución de cercados existente en la explotación resulta insuficiente para dividirlos en lotes y además la evolución tan dispar que experimenta su desarrollo corporal entre el tercer y el cuarto año de vida, imposibilita aún la formación de lotes homogéneos.

Por ello los novillos se desenvuelven en una extensión considerablemente grande, alimentándose básicamente con pastos y recursos naturales, lo cual no evita que durante el invierno y la primavera abunden las peleas y el número de bajas sea casi siempre mayor en la camada de los utreros, que entre los cuatreños.

La agresividad de los toros está tan presente en su comportamiento que se hace patente en cuanto se introduce cualquier elemento extraño en su terreno, cuya presencia les resulta molesta. Además no se paran a medir el tamaño del adversario y les da lo mismo arrancarse a cualquier caballista que pase por el cercado, que a un vehículo todoterreno, o incluso a un tractor con remolque, pudiendo llegar a estrellarse contra el mismo, sufriendo lesiones graves o incluso llegando a matarse como consecuencia del violento impacto.

Por eso el manejo de estos vacunos tiene que ser especialmente cuidadoso, sobre todo en los cercados de los toros, que son de extensión más bien reducida y dificultan cualquier posibilidad de huida. Allí resulta imprescindible estar muy pendientes de los animales y no invadir sus terrenos, evitar cruzarse entre dos toros que en un momento dado se estén marcando las distancias, o entre cualquier ejemplar y el resto de sus hermanos, si se quiere evitar la violenta y casi segura arrancada.

No obstante los "pablorromeros" no tienen siempre tan mal carácter y también tienen días tranquilos en los que pueden observarse desde el vehículo a corta distancia, mientras rumian echados o cuando van de careo por el cercado.

Igualmente es curiosa la influencia que los factores meteorológicos tiene sobre su agresividad, de forma que los vientos, los días soleados o nublados, las tormentas y los cambios de tiempo facilitan entre otros aspectos la mayor o menor frecuencia de estas peleas.

En el caso de las hembras el concepto jerárquico y la agresividad parecen más marcados que en las vacas de otros encastes y se manifiestan principalmente a la hora de la comida y cuando se encierran en corrales o mangas para llevar a cabo cualquier operación de manejo o para aplicar algún tipo de tratamiento sanitario.

Las vacas que tienen más poder no permiten que se acerque ninguna otra a las proximidades del comedero que ocupan y si alguna se atreve a hacerlo, la reacción de la primera es especialmente violenta. No se limita a ahuyentarla, sino que pone todo su empeño en cornearla y con frecuencia la persigue con las peores intenciones.

Aún así las peleas de las vacas de Pablo Romero en el campo no suelen traer consecuencias graves, porque la más débil casi siempre dispone de terreno para escaparse de su perseguidora y rara vez resulta herida. Mucho peor es cuando existe la necesidad de manejarlas en los corrales, donde no hay escapatoria posible y aumenta considerablemente el riesgo de cornadas.

Los actuales responsables de la divisa sufrieron este contratiempo al poco tiempo de adquirirla, cuando tuvieron que encerrar todas las vacas de la ganadería para vacunarlas. A pesar de la experiencia y profesionalidad de quienes participaron en la operación, se produjeron varias bajas debidas fundamentalmente a la facilidad con que estos animales se enfadan y se cornean con saña.

Para evitar que pueda repetirse una situación semejante, se decidió cortar por la mitad los cuernos de todas las vacas, tal y como se estila en muchas ganaderías andaluzas, de modo que se evitan muchas cornadas por accidentes en el manejo.

 

Del libro "Prototipos raciales del toro de lidia"  del Ministerio de Agricultura.

 

También puede acceder desde aquí al documento sobre la casta Gallardo de la Asociación "el Toro" de Madrid. >>

 

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