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La Casta de Cabrera

 

ORÍGENES Y EVOLUCIÓN

 

José Rafael Cabrera pasa por ser el creador de esta Casta Fundacional de la ganadería brava española a finales del siglo XVIII en la provincia de Sevilla. Sin embargo no fue el primer Cabrera ganadero, ya que quién formó la vacada en realidad fue su suegro, Luis Antonio Cabrera, al adquirir en 1740 ganado de casta del que poseían los frailes andaluces.

No está claro si la compra fue realizada a los Cartujos de Jerez o a los Dominicos de Sevilla, aunque parece más probable que tratase con los primeros. En cualquier caso este dato no es muy relevante toda vez que la ganadería de los Dominicos se formó a su vez con reproductores cedidos por los Cartujos jerezanos, así que una y otra vacada tenían idéntico y variado origen al haberse constituido con animales procedentes del pago de los diezmos o aportaciones, que cada ganadero estaba obligado a entregar anualmente a la Iglesia Católica.

De todas formas, aunque Luis Antonio Cabrera fuese el creador de la ganadería, ésta no alcanzó fama hasta después de varias décadas y ya en poder de su yerno.

A Luis Antonio Cabrera le heredó su hija Bárbara, prima segunda y esposa de José Rafael Cabrera, quien quedó pronto como propietario de la vacada al enviudar.

Durante los años que Cabrera tuvo la ganadería en su poder la seleccionó de tal manera que consiguió un tipo de toro muy espectacular y acorde con los gustos imperantes en la Fiesta en los finales del siglo XVIII.

Se trataba de ejemplares de mucho trapío, gran alzada y muy corpulentos, largos y característicamente galgueños. Destacaban también por la variedad de sus pelajes, negros, colorados, castaños, cárdenos, berrendos en negro y en colorado, sardos, salineros e incluso algunos jaboneros y ensabanados.

El toro de Cabrera era muy agresivo en su pelea con los picadores, soportando muchas varas y mostrándose en todo momento fuerte, poderoso y duro. Asimismo tenía una clara tendencia a desarrollar mucho sentido en la última fase de la lidia, sin entregarse en ningún momento y presto a sorprender al diestro al menor descuido.

Este tipo de animal, grande, cornalón, áspero y correoso, tan diferente del actual, prestaba brillantez a las corridas de toros de la época, que se basaban fundamentalmente en el tercio de varas y en la habilidad lidiadora de los toreros.

De esta forma Cabrera se convirtió en ganadero de elite y no sólo anunció sus reses en todas las plazas importantes, sino que también contribuyó a la formación y mejora de otras muchas divisas de su tiempo, a las que surtió de reproductores.

Entre los ganaderos que compraron vacas y sementales de José Rafael Cabrera destacan algunos tan importantes como el propio Vicente José Vázquez y otros que alcanzaron también relevancia en su faceta de criadores, como el Marqués de Casa Ulloa, el Duque de San Lorenzo y Rafael José Barbero. El primero de estos ganaderos utilizó las reses adquiridas a Cabrera en la creación de la Casta Vazqueña y también las de Ulloa, que tenían la misma procedencia, mientras que los dos últimos fueron por separado precursores de la ganadería de Pablo Romero.

El esplendor de la vacada de Cabrera se prolongó durante el siglo XIX, incluso después del fallecimiento del ganadero. Primero la heredó su tercera esposa Soledad Núñez de Prado y luego, al no tener descendencia directa, la hermana de ésta, Jerónima.

Jerónima Núñez de Prado era ya de avanzada edad cuando pasó a ser propietaria de la ganadería y por ello encomendó la dirección de la misma a su sobrino, Ildefonso Núñez de Prado, que primero se ocupó de atenderla y luego, como testamentario de su tía, se la vendió a Juan Miura en 1852.

Los ejemplares oriundos de Cabrera se mantuvieron en los carteles durante el siglo XIX y los primeros años del XX, sufriendo una paulatina regresión conforme en la Fiesta de los Toros se fue demandando un tipo de animal más colaborador con los toreros y que aceptase faenas de muleta más prolongadas, sin desarrollar el sentido y las dificultades propias de los toros de este origen.

En definitiva, la gran evolución que en el toreo impulsó Belmonte tuvo como principal consecuencia la pérdida de la hegemonía del primer tercio de la lidia y la relevancia creciente de las faenas de muleta, que hasta entonces eran prácticamente inexistentes, limitándose a tres o cuatro muletazos, los mínimos imprescindibles para que el toro igualara y el diestro pudiera entrar a matar.

Así empezaron a imponerse los valores estéticos sobre la dureza intrínseca de los cánones de la lidia a la antigua, seca y sobria, pendiente de valorar la bravura en el tercio de varas y limitada luego a la capacidad lidiadora de los toreros, basada sobre todo en una técnica tan defensiva como lo era generalmente la bravura de las reses de antaño. Una bravura que iba de más a menos y que se sustentaba básicamente en la fiereza, en la agresividad y en el poderío físico del toro, que iba menguando conforme el castigo limitaba la resistencia de la res.

El cambio introducido en la Fiesta tuvo también su repercusión directa e inmediata en la cabaña brava, que sufrió una transformación profunda.

Desaparecieron numerosas ganaderías, aquellas que no fueron capaces de adaptarse a las exigencias de los tiempos modernos y las que producían un tipo de animal que creaba mayores dificultades a los toreros, que, a partir de entonces y ya sin interrupción, han venido imponiendo cada día más el toro más cómodo para ellos.

Con buena lógica muchas ganaderías del siglo XIX tenían que desaparecer, por mansas o por ilidiables, pero al amparo de estas también dejaron de existir otras muchas que aún hoy podrían aportar valores estimables y servir de contrapunto a la monotonía imperante.

En cualquier caso ya no es posible la vuelta atrás y la extinción de algunas Castas Fundacionales, como la Jijona, es una realidad sin remedio. Con la Casta de Cabrera y la de Gallardo sucede prácticamente lo mismo. De aquella sólo subsisten ejemplares en la ganadería de Miura, mientras que la Casta de Gallardo es apenas un simple referente histórico en la amalgama de sangres que conforman el encaste de Pablo Romero.

Ninguna de las restantes ganaderías formadas a partir de la Casta de Cabrera o posteriormente con reproductores de la de Miura han logrado sobrevivir y llegar hasta nuestros tiempos.

Miura es hoy una ganadería histórica y única, que ha cimentado su prestigio y asegurado su supervivencia durante siglo y medio, y cuya aceptación por parte de los aficionados en todas las plazas ha permitido a sus propietarios mantenerse por encima de los vaivenes de la moda y conservar en la actualidad los últimos representantes de la Casta de Cabrera.

 

El Encaste de Miura

 

La ganadería que se anuncia actualmente a nombre de los hijos de Eduardo Miura fue creada en 1842 por Juan Miura, tatarabuelo de los actuales propietarios, que la formó con doscientas veinte vacas de Antonio Gil Herrera, procedentes de la Casta de Gallardo. Su hijo mayor, Antonio Miura fue el responsable de la vacada desde el primer momento.

La mayor parte de las vacas adquiridas a Gil Herrera fueron desechadas por Antonio Miura y sacrificadas en el matadero, sirviendo de alimento para la escuadra inglesa, que en aquellos momentos estaba fondeada en Gibraltar.

En 1849 adquirió doscientas vacas y ciento sesenta y ocho becerros de José Luis Albareda, de idéntico origen Gallardo, pero que debían estar mucho más seleccionados que los de Gil Herrera y que sirvieron para cimentar la ganadería, que vino utilizando como sementales los machos comprados a Albareda hasta 1854.

Previamente, entre 1850 y 1852 se consolidó la base de la vacada con la adquisición de la mayor parte de lo que había sido la divisa de Cabrera y que en esos años era propiedad por herencia de la cuñada de éste, Jerónima Núñez del Prado.

Concretamente, la primera de las dos adquisiciones realizada a dicha ganadera llevó a cabo en 1850 e incluyó cien novillas. Mucho mayor sería la operación realizada dos años más tarde, ya con los testamentarios de Jerónima Núñez del Prado y que incluyó alrededor de quinientas cabezas, la práctica totalidad de la ganadería.

De esta forma la sangre de Cabrera comenzó a ser imperante en la vacada de Miura, que definió su estructura con estos efectivos y que la consolidó mediante una serie de cruces con ejemplares de otras procedencias, realizados entre 1854 y 1917.

En 1854, Antonio Miura decidió sustituir los sementales de Albareda por dos de Casta Vistahermosa, adquiridos a Arias de Saavedra y procedentes de la rama Barbero de Utrera de la citada Casta Fundacional.

La ganadería se anunció a nombre de Juan Miura hasta 1860, en que pasó a viuda y un año después quedó ya en poder de Antonio Miura, que la regentó hasta 1893.

Antes, en 1879 realizó otro cruce con un toro de Casta Navarra, llamando "Murciélago", que había sido lidiado e indultado en la plaza de toros de Córdoba. El ejemplar era de pelo colorado ojo de perdiz y descendía de la ganadería de Pérez Laborda, aunque ya llevaba marcado el hierro del siguiente propietario de aquella divisa, Joaquín del Val.

El bravísimo animal había tomado veinticuatro varas y el diestro "Lagartijo", responsable de su lidia e indulto, decidió regalárselo a su amigo Miura, quien le puso un lote de setenta vacas para cubrir.

Esta práctica de apartar un lote de vacas con un solo semental era inhabitual en el siglo XIX, ya que los ganaderos solían disponer una amplia piara de hembras junto con varios toros a la vez.

En una época en la que la selección no estaba tan depurada como ahora, esta organización de cubriciones tenía la ventaja de lograr mayores índices de fertilidad, sobre todo cuando los reproductores se encontraban en superficies grandes. Al haber varios sementales en cada lote de vacas era más difícil que una de ellas pudiera salir en celo sin que esta circunstancia fuera advertida por alguno de los toros.

Habida cuenta de esta circunstancia, el hecho de que Antonio Miura apartara un lote específico para el semental navarro denota que el ganadero no confiaba demasiado en los resultados del cruce y prefería tener bien controladas las crías procedentes del mismo para comprobar sus virtudes y defectos y así limitar su mayor o menor presencia en la vacada.

A ciencia cierta no se sabe la influencia real que el semental navarro haya podido tener en la ganadería miureña, aunque varios autores han asegurado que dio buenos productos y que sus genes quedaron fijados en la misma. De hecho, algunos estudiosos del toro bravo creen adivinar la presencia de los rasgos navarros en algunos ejemplares de la vacada de Miura, que tienen el denominador común de la pinta colorada ojo de perdiz y que resultan veletos y más cornicortos de lo habitual, aunque por tamaño no tengan nada que ver con los característicos de vacunos de Casta Navarra.

Paralelamente a la incorporación del toro "Murciélago" a la ganadería, intervino como reproductor otro ejemplar del hierro del Duque de Veragua, también de capa colorada. Este semental procedía de un intercambio que realizaron Antonio Miura y el Duque de Veragua por razones de amistad. Su influencia en la vacada fue en todo caso mínima, ya que murió muy pronto como consecuencia de las heridas sufridas en una pelea con otros toros.

Antonio Miura fue titular de la divisa hasta su fallecimiento en 1893. Durante este tiempo sus toros consolidaron prestigio y ganaron las devociones de los aficionados en las plazas más importantes, pero en esa etapa también comenzó a fraguarse la leyenda de terror y se produjeron las dos primeras víctimas mortales de Ja ganadería, el diestro "Pepete" y el banderillero "Llusío", ambos en la plaza de Madrid.

En 1893 se hizo cargo de la vacada Eduardo Miura, hermano menor del anterior y que la convirtió en la ganadería más famosa de la historia y en una de las más grandes, ya que llegó a disponer de mil vacas de vientre, lidiando un gran número de reses cada temporada.

La fama de los "miuras" creció paralelamente a sus triunfos y al número de sus víctimas.

Paralelamente, las reses de Miura fijaron un comportamiento característico basado en la espectacularidad, el poderío físico y la dureza para la lidia. Se hicieron insustituibles en los abonos de las mejores plazas de España y América, y muchos ganaderos solicitaron reproductores a Miura para mejorar las suyas.

Antonio y José Miura Hontoria, heredaron la ganadería en 1917, anunciánola a nombre de hijos de Eduardo Miura. Inmediatamente ambos iniciaron un proceso selectivo de modernización en la vacada. Se decantaron por la consecución de un tipo de toro más bravo y menos fiero e intentaron corregir los princiales defectos que acusaban sus toros en la plaza con mucha frecuencia. Para lo cual incorporaron ese año un pequeño lote de vacas y el semental "Banderillo" de la Marquesa de Tamarón, procedente de la Casta Vistahermosa, último cruce efectuado en la ganadería, del que se tenga confirmación.

Por aquel entonces, los "miuras" se aquerenciaban mucho en tablas y se defendían en la muleta, desarrollando sentido y dificultades. Para evitarlo aumentaron la presión de selección y redujeron la ganadería a la mitad de los efectivos le que disponía en tiempos de su padre, conservando solamente las vacas de mejor nota.

Los aspectos negativos apuntados por los animales se fueron corrigiendo paulatinamente, pero los toros conservaron la mayoría de sus características típicas de comportamiento, manteniendo su dureza, agilidad y facilidad para desarrollar sentido. Anticipando el futuro empezaron a preocuparse también por la morfología de sus reses, de forma que se facilitase su embestida y para ello comenzaron seleccionar reproductores que mantuvieron el tipo de la ganadería, pero que fueran más bajos de cruz que de grupa, sin perder la corpulencia.

A lo largo de esta etapa continuaron alternándose en los ruedos los "Miuras" pavorosos por su presencia y comportamiento, duros y casi ilidiables, con otros que encumbraron a los toreros o que desarrollaban una bravura excepcional.

En esta tónica de desigualdad, Eduardo Miura se hizo cargo de la ganadería en 1940, por cesión de su padre, Antonio, y su tío, José. Por aquel entonces, los toros de Miura habían ganado en bravura y ya no eran tan frecuentes los que se refugiaban en las tablas durante la lidia.

Por ello, el nuevo propietario afrontó el reto de suavizar el comportamiento le sus ejemplares buscando un tipo de toro más manejable y colaborador con los diestros. El ganadero se aplicó con ahínco a la selección de un tipo de toro que se asemejase al de las restantes ganaderías por su comportamiento y cuya principal diferencia con los demás estribara sólo en su mayor tamaño, peso y corpulencia.

Dentro de la desigualdad característica de la vacada, desde los años cincuenta aumentó cada vez más la media de nobleza de los "miuras". Como norma habitual los ejemplares de la divisa sevillana ya no tenían nada que ver en cuanto a reacciones con los que se criaban en la casa a principios del siglo XX y tan solo de vez en cuando salía alguno que desarrollaba problemas imposibles de resolver.

Durante las últimas décadas, Miura ha alternado toros bravos y mansos, nobles y difíciles, duros y manejables pero, salvo excepciones, mucho más ajustados a la capacidad lidiadora de los diestros que los que criaron sus antepasados.

No obstante, la mentalidad de los toreros ha evolucionado mucho más lentamente que el comportamiento de los toros y en los últimos tiempos no han abundado los diestros capaces de sobreponerse al terror que infunde la leyenda de la ganadería de Miura.

Desde 1996 la ganadería es propiedad de Eduardo y Antonio Miura tras el fallecimiento de su padre. Los dos hermanos han profundizado en los criterios selectivos aplicados por su progenitor, buscando un toro adecuado al espectáculo que se ofrece en la actualidad, que sea bravo sin perder las señas de identidad que siempre acompañaron a la divisa, pero que también ofrezca la oportunidad de triunfar a los toreros, aportando mayor cantidad de nobleza.

Con independencia de la actualización de criterios, los hermanos Miura llevan la ganadería de un modo ritual, con total respeto por las tradiciones de la casa, que se observan a rajatabla en la selección, en el manejo de los animales y en los diferentes aspectos que afectan al conjunto de la producción.

Los actuales "miuras" siguen conservando básicamente la fidelidad a sus orígenes y el respeto que se les mantiene, emanado de su peso histórico, les permiten siglo y medio después de la creación de la vacada sobrevivir a las diferentes modas imperantes en cada época en el Mundo de los Toros.

En Miura todo es diferente y todo es impresionante. Es una especie de museo viviente por el que han pasado cinco generaciones de ganaderos y unas treinta de vacunos casi homogéneos desde la creación de la vacada.

Los toros de Miura son raros en sus reacciones, diferentes en su tamaño, tipo y variedad de pelajes con respecto a los de las restantes divisas y son igualmente distintos por su comportamiento en la plaza, aunque en este aspecto las distancias se han reducido paulatinamente.

En el campo resultan especialmente agresivos, peleones y complicados de manejo, condición que se acentúa conforme llegan a utreros y cuatreños porque se acuerdan de todo lo que se les ha hecho anteriormente. Las frecuentes peleas que establecen por mejorar o mantener su posición jerárquica en la manada causan y un elevado número de bajas cada temporada, entre toros muertos e inutilizados para la lidia.

La ganadería de Miura siempre tiene una demanda sobrada de sus productos en las plazas y cuando se produce una época de excedentes nunca corre el riesgo de que le sobren toros. Pero esta privilegiada posición obliga también a estar siempre a la altura de las circunstancias y presentar en cualquier lugar donde se lidien sus productos ejemplares de presencia irreprochable, tal y como los aficionados esperan de Miura en las todas las plazas de España y Francia.

A pesar de la mercantilización vigente en el entramado organizativo de la fiesta, los actuales propietarios de la divisa de Miura pueden seguir conservando a fidelidad a sus orígenes. El respeto que se les mantiene, emanado de su peso histórico, les permiten siglo y medio después de la creación de la vacada, sobrevivir como ganaderos a las diferentes modas imperantes en cada época en el Mundo de los Toros.

Gracias a su esfuerzo y dedicación, el toro creado por Cabrera en el XVIII y perfeccionado por la familia Miura a partir del XIX ha podido conservarse hasta el siglo XXI, algo que a la inmensa mayoría de los ganaderos antiguos les ha resultado imposible de lograr.

 

LA MORFOLOGÍA DE LOS VACUNOS DEL ENCASTE DE MIURA

 

En sus más de ciento cincuenta años de existencia, la ganadería de Miura ha sido capaz de producir un toro con unas características morfológicas y de comportamiento muy definidas y fijadas. Probablemente, de todos los prototipos antiguos de la raza de lidia que aún subsisten, el de Miura es el que conserva mayor afinidad con sus orígenes y el que menos variaciones ha sufrido.

Desde el siglo XIX los toros de Miura han presentado siempre un sello propio, que les ha hecho inconfundibles. Su gran tamaño corporal les convierte en el único prototipo de la raza que puede clasificarse como longilíneo. Esta condición se fundamenta en una estructura física muy peculiar, heredada de su predominante origen Cabrera.

Según los tratados y las crónicas de la época, los ejemplares oriundos de esta Casta Fundacional ya eran típicamente grandes, cornalones, largos y agalgados, características que siguen marcando el sello diferencial propio de los actuales ‘miuras".

Efectivamente, los vacunos de este hierro tienen una gran altura a la cruz y una considerable longitud corporal de cabeza a rabo. Además, están provistos de extremidades largas y su vientre es bastante recogido, aspectos que en conjunto Les confieren su característico tipo galgueño.

A pesar de su amplitud corporal, mucho mayor que la de cualquier otro ejemplar de la raza, los toros de Miura no tienen una buena conformación desde el punto de vista de su rendimiento cárnico. Son más bien angulosos y con poco desarrollo de las masas musculares, lo cual no es inconveniente para que rebasen con facilidad los 600 kilos de peso en vivo.

Este considerable tonelaje, su gran tamaño y desarrolladas defensas, junto con la leyenda de terror que acompaña a la ganadería, han intimidado mucho a los toreros a lo largo de la historia, aunque ahora un peso tan elevado ya no impresiona ni a los aficionados, ni a los propios diestros, al haberse convertido en bastante frecuente.

En cualquier caso conviene señalar que el gran desarrollo de su esqueleto es el único responsable de que los "miuras" alcancen pesos tan elevados habitualmente, ya que no suelen lidiarse excesivamente gordos. Incluso en muchas ocasiones su aspecto más "vareado" hace que parezcan flacos, escurridos de grupa y con los ijares marcados.

Independientemente de estos aspectos, toda la morfología de los ejemplares de este encaste resulta tan peculiar como llamativa.

Su cabeza es alargada, lavada, un poco avacada en ocasiones y de perfil subcóncavo. La frente y el morro son anchos y los ojos tienen tamaño grande y una especial viveza en la mirada, que les confiere un aspecto fiero muy característico, semejante al de los toros antiguos y totalmente distinto al de los actuales vacunos de lidia.

Las encornaduras alcanzan un grado de desarrollo bastante considerable, abundando los ejemplares corralones. Los cuernos suelen ser gruesos en la mazorca y tienen una característica inserción por detrás de la línea de prolongación de la nuca en el hueso frontal (cornitraseros). En general no suelen ser muy astifinos, más bien al contrario, aunque en cada camada se dan ejemplares que sí lo son.

La coloración de las astas es variada, abundando los astisucios y astinegros, así como los que tienen cuernos acaramelados, que se corresponden con capas coloradas y salineras.

En cuanto a la dirección de las astas predominan los ejemplares bien armados y los corniveletos, capachos y corniabiertos. También se dan algunos conidelanteros o ligeramente abrochados de cuerna, y más raramente cornivueltos e incluso playeros. No son frecuentes los gachos.

El crecimiento de las encornaduras se evidencia sobre todo durante el tercer y cuarto año de vida del animal, fases en las que se dispara su desarrollo y define su dirección. Antes, mientras son erales, acusan un considerable retraso con respecto a los vacunos de las restantes ganaderías y tienen un característico aspecto abecerrado. En esa etapa son muy "paletos" de cuerna, es decir, las astas les crecen completamente hacia fuera ensanchado la cuna de lo que a partir del tercer año suele ser una armadura bastante respetable.

Las peculiaridades morfológicas de lo "Miuras" se aprecian también en el cuello, que es muy largo, musculado, flexible, ágil, y presenta un morrillo amplio, pero no muy prominente por lo general. La papada alcanza un grado de desarrollo discreto, lo que contribuye a estilizar el conjunto de las reses.

A pesar de su longitud, la línea dorso-lumbar suele ser bastante recta, los costillares muy anchos y los lomos igualmente amplios, mientras que el vientre es característicamente recogido (vientre de galgo).

Las extremidades son finas y muy largas llegando a ser zancudos. Las posteriores descienden muy rectas en todo su trayecto, de forma que los corvejones apenas sobresalen sobre la línea del aplomo, característica ésta que apenas se da en otros encastes. La cola es igualmente fina, larga y con el borlón bastante poblado.

 

Los pelajes de los vacunos del encaste de Miura.

La piel de los "miuras" es muy fina y está cubierta por pelajes muy variados. Los más típicos son los negros, cárdenos, colorados, castaños y tostados, dándose en menor medida sardos y salineros, y pudiendo aparecer muy ocasionalmente algunos berrendos en negro o en cárdeno y hasta berrendos en salinero. cuya pinta es extremadamente rara.

Estas capas aparecen acompañadas por una gran variedad de accidentales, casi tan profusa como la que se da en las ganaderías derivadas de la Casta Vazqueña. Dentro de las particularidades generales destaca la presencia del chorreado en morcillo, chorreado en verdugo, entrepelado, lavado, mosqueado, nevad y salpicado, siendo los chorreados y entrepelados los más característicos.

Entre las particularidades de la cabeza y el cuello aparecen con mayor o menor frecuencia el caribello, estrellado, facado, lucero, bociblanco, bocidorado, bocinegro, ojalado, ojinegro, ojo de perdiz y gargantillo. Las manchas blancas en la frente y cara de los animales aparecen con relativa frecuencia e igualmente resultan llamativas las que se presentan en los ojos y en la nuca. Los colorados suelen ser bociblancos y con ojo de perdiz; los castaños y tostados, generalmente bocidorados y los cárdenos, frecuentemente bocinegros y ojalados.

En el tronco de los ejemplares castaños son muy frecuentes el albardado, el aldinegro y el listón. Esta última particularidad también se da en los colorados y en los cárdenos más claros. Además en todas las pintas aparecen los accidentales más comunes, el bragado, bragado corrido y meano. El girón y el lombardo son igualmente propios de los "miuras", unos toros que también lucen otras particularidades mucho menos comunes, como el aldiblanco y especialmente el cinchado, que es muy raro de ver en otras vacadas.

En las extremidades aparecen el calcetero y el botinero, mientras que en la cola pueden observarse el coliblanco, rabicano y rebarbo.

De todas estas particularidades el bragado y bragado corrido son las que se encuentran presentes en mayor número de ejemplares, sobre todo en los de pelo negro, de forma que es bastante raro encontrar algún toro que sea negro zaino y no presente mancha blanca alguna en su superficie corporal.

LAS VACAS DEL ENCASTE DE MIURA

Las hembras de la ganadería de Miura se corresponden con un prototipo morfológico muy poco habitual entre los actuales vacunos de lidia. Sus rasgos las acercan en buena medida a los prototipos antiguos de la raza y les confieren un aspecto casi vestigial.

Al igual que ocurre con los machos del encaste, las vacas miureñas ofrecen al observador multitud de peculiaridades morfológicas, aunque no resultan tan llamativas como en el caso de aquellos.

Quizá, el aspecto más curioso por inesperado sea el del tamaño corporal, que cualquiera se imagina proporcionalmente tan grande como el que lucen los toros y que sin embargo no se corresponde en razón directa. De hecho, las vacas de Miura son de talla grande en relación con el conjunto de la raza, pero tienen un tamaño semejante al de las hembras de las líneas ganaderas que alcanzan más desarrollo corporal e incluso pueden verse superadas en algún caso, como ocurre con las procedentes del encaste de Atanasio Fernández.

En conjunto las vacas de Miura resultan finas y vivaces. Su cabeza es alargada, de perfil subcóncavo y con los ojos de tamaño grande y mirada agresiva. El morro es ancho y reluciente. Las encornaduras alcanzan buen grado de desarrollo y. al igual que ocurre en el caso de los machos, son gruesas en su base, aunque no tanto como las de aquellos. Son variadas en cuanto a la dirección que siguen, predominando las comianchas y corniabiertas, la mayoría de ellas con la característica inserción trasera y en una posición muy alta de la cabeza.

El cuello es largo y flexible, pero mucho menos corpulento que el de los machos y la papada alcanza un grado de desarrollo discreto. La línea dorso-lumbar es recta o ligeramente combada, la caja torácica amplia en longitud y anchura, y la grupa bastante angulosa.

La línea ventral no es tan recogida como la que presentan los toros, por lo que tienen menos aspecto galgueño que los machos. Además las extremidades son finas y más bien largas, dotándolas de una considerable alzada. La cola es igualmente fina, larga y el borlón provisto de numerosas cerdas largas y onduladas.

Las ubres tienen aspecto globoso y un tamaño medio para el conjunto de la raza, siendo en general buenas criadoras.

La piel es muy fina mientras que los pelajes presentes en la vacada y los accidentales que les acompañan son los mismos que se dan en los machos, igualmente variados y representativos del mosaico multicolor que caracteriza a la raza de lidia.

EL COMPORTAMIENTO DEL ENCASTE DE MIURA

El toro de Miura pasa por ser el más terrorífico de toda la historia del toreo, aún ahora que ha modificado su comportamiento en relación con el que exhibía a finales del siglo XIX y durante las primeras décadas del XX.

Todavía en la actualidad y a pesar de los cambios introducidos en su selección, los "miuras" siguen manteniéndose fieles a su historia y comportándose con frecuencia en el ruedo de forma distinta a la de los restantes toros.

De salida suelen mostrarse abantos, tardan en fijarse en los engaños y les puede faltar un poco de entrega en general.

En el tercio de varas caben todas las posibilidades, que van desde la bravura ejemplar, galopando y recargando, creciéndose al castigo y propiciando un magnífico espectáculo, hasta la mansedumbre declarada, huyendo al sentir el hierro y presentando dificultades a los lidiadores hasta para ponerlos en suerte.

A partir del primer tercio el ejemplar puede cambiar considerablemente. Hay veces que los que han manseado o simplemente han cumplido ~n varas empiezan a ahormarse y mejorar paulatinamente, y otras en las que declaradamente van a peor.

Incluso los buenos crean complicaciones a los banderilleros en los últimos pares, arrebatándoles con facilidad los palos en el momento del embroque, gracias a su elevada alzada y a su agilidad de cuello, o se frenan e incluso cortan el viaje y corrigen la trayectoria en la misma arrancada.

El segundo tercio es una excelente piedra de toque para saber por donde puede decantarse el toro en la faena de muleta y por eso es conveniente analizar cuidadosamente sus reacciones. Cuando galopan con franquía es posible que acaben entregándose en la muleta, dando salida a su nobleza. Por el contrario aquellos otros que ya plantearon dificultades en el capote y que cada vez piensan más lo que van a hacer a continuación, desparraman la vista y se enteran de todo lo que sucede a su alrededor, pueden ser muy complicados para el diestro.

A la faena de muleta llegan muchos "miuras" sin definirse y por ello su juego dependerá en gran medida de la facultad lidiadora de cada matador, que debe ser capaz de someterlos sin dejar que se desengañen, para sacarles el máximo partido posible en muy pocos muletazos porque, salvo excepciones, suelen tener poca duración en el último tercio y aprenden rápidamente.

Por el contrario, aquellos que son bravos y que embisten con mayor entrega a la muleta, repiten las embestidas, tienen fijeza y posibilitan triunfos importantes, pero eso sí, necesitan siempre de toreros con depurada técnica y mucha decisión para desarrollar sus buenas cualidades, ya que son toros que no permiten equivocaciones.

Siempre es necesario perderles pasos, cruzarse mucho al pitón contrario y tener la serenidad suficiente para esperarlos hasta que meten la cara en la muleta. Una vez ahí el diestro debe hacer gala de su temple, llevando el engaño muy cerca de los pitones, sin dejar que la enganchen para que no se descomponga la embestida y empiecen a puntear o a defenderse. Igualmente deben tener especial cuidado de no dar "adelantones" con la muleta, ya que si existe demasiada distancia entre esta y los pitones, el astado puede ver al torero y desarrollar sentido con rapidez. Nunca debe olvidarse que se trata de toros muy cambiantes y, dada su facilidad para aprender, generalmente los cambios suelen ser a peor, por muy buenos que hayan sido antes.

Los restantes, aquellos que evidencian peligro durante toda su lidia, solo permiten una faena a la defensiva. El hecho de que sean animales rápidos y ágiles de movimientos, pese a su gran tamaño y peso elevado, les permite cazar al torero si éste se descuida, duda, o no acierta a darles la lidia que precisan. En estos casos, los especialistas recomiendan llevarlos muy tapados en la muleta y no dejarles pensar. Buscarles la igualada e intentar acertar con el acero a la primera porque en caso contrario se ponen mucho más difíciles aún, levantando la cabeza y cerrando el paso al diestro. La única ventaja de estos "miuras" es que no equivocan, su peligro es evidente y por eso el aficionado no exige al torero lo que no se puede hacer.

Mansos o bravos, difíciles o manejables y hasta de excelente nobleza, el aficionado sabe aceptar la variedad típica de la ganadería y sus múltiples peculiaridades incluso cuando imperan los aspectos negativos. Los únicos defectos que no admiten nunca en el ganado "miureño" son las deficiencias en la presentación de las reses y la flojedad que han podido manifestar en algunas ocasiones. Estos son sus factores negativos, los únicos que pueden dañar su consolidado prestigio y poner en peligro la leyenda viva que constituyen.

En el campo, los "miuras" son ejemplares de manejo complicado, agresivo y muy propenso a las peleas, que se saldan con numerosas bajas conforme llegan a la edad adulta. Los toros de saca precisan de grandes extensiones de terreno en las que se desenvuelven en solitario o formando pequeños grupos.

Por el contrario sus hermanos menores se muestran mucho más gregarios y sociales, aunque esta tendencia va disminuyendo con la edad. Cuando son añojos, prácticamente forman un único grupo. De erales se empiezan a dividir en varios, que se fragmentan en otros cuando llegan a utreros, y ya de cuatreños son cada vez más individualistas y se hermanan muy poco con los demás toros.

Solo un perfecto conocimiento de sus reacciones y querencias posibilita el manejo, aunque este nunca es fácil, como tampoco lo fue nunca en esta ganadería con anterioridad.

Al igual que los machos, las vacas de Miura son extraordinariamente rústicas y muy adaptadas al terreno donde se desenvuelven. Uno de los rasgos más llamativos de su comportamiento en el campo es su gran curiosidad por todo lo que les resulta nuevo en el entorno. Así, les gusta aproximarse para observar los vehículos o cualquier otro objeto ajeno a su hábitat natural.

También tienen muy desarrollado su instinto maternal y mientras pastan están en todo momento pendientes del lugar donde tienen encamada su cría y se separan poco de allí. Este comportamiento se evidencia principalmente durante las primeras semanas de vida de los terneros, que gozan de mayor autonomía durante los meses siguientes, aunque sus madres nunca les pierden de vista mucho tiempo.

 

Del libro "Prototipos raciales del toro de lidia"  del Ministerio de Agricultura.

 

También puede acceder desde aquí al documento sobre la casta Cabrera de la Asociación "el Toro" de Madrid. >>

-Ganadería de Miura >>

 

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