La Cabaña Brava 

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EL TRONCO JIJÓN

 

LA CASTA DE JIJONA Y LOS TOROS DE LA TIERRA

ORÍGENES

Los últimos vacunos de origen Jijón quedaron extinguidos por completo durante la Guerra Civil Española, aunque desde comienzos del siglo XX su regresión había sido ya considerable y estaban limitados a un número pequeño de vacadas, que fueron cruzándose de forma paulatina con reproductores de Otros orígenes.

De este modo, aunque el conflicto bélico fuera la causa última de su desaparición, la escasa capacidad de adaptación de las ganaderías jijonas a la evolución del espectáculo taurino, las había condenado ya de antemano.

En concreto el toro jijón y sus parientes más cercanos, los llamados toros de la tierra, presentaban desde que se tienen noticias una serie de características de comportamiento muy acusadas y considerablemente negativas, que pronto les colocaron en inferioridad de condiciones con respecto a las demás procedencias ganaderas. Por ello desde el siglo XIX fue creciendo cada vez en mayor medida el número de ganaderos que eliminaron la procedencia jijona en pureza Y optaron por realizar diversos cruces buscando incorporar al patrimonio genético de sus vacadas las virtudes que la Casta Jijona no brindaba independientemente.

En atención a sus orígenes, esta rama fundacional de la cabaña brava agrupa al conjunto de vacunos de lidia que se criaban en la zona centro de la península, abarcando su hábitat las tierras de La Mancha, las riberas del río Jarama, las estribaciones de la sierra del Guadarrama en la zona de Colmenar Viejo y los Montes de Toledo.

Originariamente no han existido grandes diferencias entre todos estos animales, aunque la denominación jijona ha sido utilizada exclusivamente para aquellos nacidos y criados en la zona de Villarrubia de los Ojos del Guadiana, en la provincia de Ciudad Real, donde la familia Jijón mantenía sus posesiones. Las reses seleccionadas por esta familia ganadera adquirieron mayor relevancia en la Fiesta de los toros y les permitieron adquirir la consideración de Casta Fundacional, mientras que los restantes grupo de ganado existentes en la zona centro y que tenían origen semejante, como los de Colmenar Viejo, pasaron a denominarse los toros de la tierra e incluso luego los ganaderos de estas zonas incorporaron reses jijonas para definir aún más el carácter racial de sus respectivas vacadas.

Desde tiempos bastante remotos y, en todo caso, con anterioridad al siglo XVII, existían en estas tierras de Ciudad Real, Madrid, Toledo y Albacete grupos de animales bastante heterogéneos en su tipología. Dichas reses pertenecían mayoritariamente al Real Patrimonio durante el reinado de Felipe III y se destinaban casi siempre a abastecer la demanda de carne de la Villa y Corte.

Precisamente Juan Sánchez Jijón Salcedo, el primer ganadero de la familia Jijón del que existe constancia histórica, era intendente de la vacada del Real Patrimonio hacia 1618, época aproximada en la que decidió crear su propia ganadería. Lo hizo aprovechando la magnífica posibilidad que le brindaba su cargo y así, con un criterio un tanto caprichoso, fue seleccionando y adquiriendo las reses más finas de tipo y más bravías de las que se encontraban en la vacada del Patrimonio, buscando en estos vacunos el denominador común del pelaje colorado, sobre todo colorado encendido.

El primer ganadero Jijón apenas tuvo tiempo para avanzar más en el proceso de selección de su ganadería, dedicada por entonces y de forma básica a la producción cárnica. Tampoco destacó mucho como ganadero su hijo, que simplemente mantuvo la vacada entre 1647 y 1684, año en que quedó en poder de su viuda.

Desde 1693, Juan y José Sánchez Jijón, los nietos del creador de la ganadería se hicieron cargo de la misma, aunque fue Juan el que se preocupó de seleccionarla y acreditarla, dedicándola ya a la cría específica de toros para la lidia.

Juan Sánchez Jijón incorporó a la divisa vacas de Lorenzo Robles, ganadero toledano de Ventas con Peña Aguilera, que poseía reses que se ajustaban al prototipo que Sánchez Jijón quería infundir y fijar en la ganadería.

Así, con paciencia y a base de muchos años de trabajo, creó el toro de Casta Jijona, que alcanzó mucha fama durante los siglos XVIII y XIX.

La labor selectiva de Juan Sánchez Jijón la continuó su sobrino Miguel desde 1743, alcanzando la ganadería su época dorada en esa época.

En 1784 la ganadería pasó a ser propiedad de José Sánchez Jijón, hermano del anterior. Tras sucesivas herencias familiares fue adquirida por Manuela de la Dehesa en 1824 y veinte años más tarde quedó en poder de Manuel de la Torre, que la trasladó a la localidad madrileña de Ciempozuelos, junto al río Jarama, desapareciendo así todo vestigio familiar en la propiedad de la ganadería que llegó a constituir una de las Castas Fundacionales de la cabaña brava española.

LA MORFOLOGÍA DE LOS EJEMPLARES DE CASTA JIJONA:

Tradicionalmente los toros jijones han respondido al prototipo morfológico imperante en la ganadería de lidia de los siglos XVIII y XIX, aunque con algunas características diferenciadoras. Así, se han distinguido por su considerable tamaño corporal, alzada y peso, que les situaba entre los más grandes de su tiempo.

Su tipo era más bien basto, con un esqueleto desarrollado, de huesos anchos, grandes y fuertes y encornaduras muy desarrolladas. Como la práctica totalidad de los vacunos menos evolucionados eran aleonados, cortos de cuello, con las extremidades largas y la piel gruesa.

Estos ejemplares presentaban un absoluto predominio de pintas coloradas en toda su variedad, desde el melocotón hasta el retinto y siendo especialmente abundante el colorado encendido, hasta el punto que las crónicas taurinas hacían referencia a la lidia de reses de capa jijona, término empleado para describir a los vacunos que lucían este pelaje. Además se daban toros castaños y con mucha menos frecuencia, negros.

Los accidentales más típicos eran el bragado, meano y listón, dándose con mucha frecuencia el ojinegro en los ejemplares colorados y con menos abundancia el ojo de perdiz.

El prototipo morfológico de los vacunos jijones era igualmente extrapolable a los llamados toros de la tierra, derivados del mismo origen y asentados en la provincia de Madrid, sobre todo en la comarca de Colmenar Viejo y en las riberas del río Jarama, sin que existieran grandes diferencias entre unos y otros, si exceptuamos el menor tamaño de los de la sierra madrileña y su mayor abundancia de pelajes negros.

Desde siglos antes, los ejemplares que pastaban en las vegas del río Jarama tenían fama de ser bravos y muy ariscos, a la vez que briosos e indomables. Alcanzaron mucho prestigio en las fiestas de toros de los siglos XVI y XVII.

Originariamente estos vacunos eran de pelajes negros y colorados un poco cornicortos y considerablemente astifinos, foscos, provistos de cuello corto, lomos fuertes, cola larga y pezuñas finas. Los sucesivos cruces aplicados ya en el siglo XVIII dieron lugar a la aparición de pintas berrendas y accidentales como el listón, carinegro y coliblanco.

EL COMPORTAMIENTO DE LA CASTA JIJONA Y DE LA TIERRA.

Los vacunos Jijones fueron siempre un fiel exponente del comportamiento típico del toro de lidia de los siglos anteriores, un animal en el que la bravura era eminentemente defensiva y estaba siempre vinculada a la fortaleza física, menguando conforme el astado recibía más castigo e iba perdiendo fuerza.

Así estos toros eran ágiles, poderosos y duros para la lidia. Se comportaban en el primer tercio con la espectacularidad y la desigualdad típicas de los toros antiguos. Unos, los mejores, se arrancaban de largo a los caballos, recargaban cuando lograban derribar o, en caso contrario solían salir sueltos pero volvían varias veces al encuentro con los picadores. A los otros, los peores, costaba mucho trabajo colocarlos en suerte y lograr que tomaran algún puyazo, ya que desarrollaban sentido y dificultades con rapidez e incluso huían de la pelea y se aquerenciaban rápidamente en las tablas.

Además, los toros jijOnes eran criticados porque se empleaban menos que los andaluces y eran menos francos que estos en el tercio de varas.

Igualmente eran reservones en banderillas y durante el último tercio de la Iidia resultaban inciertos y muy peligrosos por su sentido, yendo al bulto casi siempre. Estas dificultades aumentaban más aún cuando buscaban la defensa de los tableros y se limitaban a esperar la llegada de los toreros arrancándose solamente cuando tenían posibilidades de coger.

En cualquier caso la historia nos describe a los vacunos jijones y a sus derivados, los toros de la tierra, como ejemplares defensivos, muy complicados y peligrosos, mucho más cuando recibían una lidia mala o excesivamente prolongada, que además no se entregaban casi nunca y que cuando sentían que les faltaban fuerza, se resabiaban hasta ponerse imposibles de lidiar.

Pese a las afinidades de tipo y comportamiento, las ganaderías de la Tierra fueron las más temidas y rechazadas por los toreros en una época en las que las dificultades eran el denominador común de toda la cabaña brava española. No obstante parece que los toros jarameños y colmenareños se llevaban la palma en cuanto a su peligrosidad y por eso las figuras de entonces y todos los diestros que podían hacerlo evitaban cuidadosamente enfrentarse a ellos.

Ya en esta época, con una lidia organizada, los toros de la Tierra solían salir abantos, aunque luego peleaban con dureza en varas poniendo en aprietos a los picadores hasta que iban perdiendo poder y facultades, en cuyo momento acusaban resabios y desarrollaban mucho sentido poniendo en muchos aprietos a los toreros.

A pesar de estos inconvenientes, tanto los jijones como los toros de la Tierra adquirieron mucho prestigio en los siglos pasados y prestaron brillantez a los espectáculos de entonces, algo que resulta comprensible solamente si se tiene en cuenta como se desarrollaban las corridas de toros y como se entendía el toreo en aquel tiempo.

La lidia se fundamentaba en el tercio de varas, cuya duración podía prolongarse considerablemente en función del número de varas que admitiera el toro antes de aplomarse. Entre tanto los toreros de a pie intervenían activamente con los capotes para poner en suerte a los toros y, sobre todo, para realizar los quites con los que trataban de evitar por todos los medios que resultasen heridos los picadores que habían sufrido el derribo de su cabalgadura.

El tercio de banderillas, el que menos ha evolucionado en la historia del toreo, tenía por objeto reavivar las embestidas de los toros que solían quedarse aplomados tras la intensidad del tercio de varas.

Finalmente el último tercio de la lidia estaba concebido para desarrollarse con brevedad, limitándose a un par de pases o tres, los mínimos imprescindibles para que el diestro pudiera entrar a matar, valorándose sobre todo la preparación y le ejecución de la estocada. Por lo tanto las faenas de muleta eran casi inexistentes y además se desarrollaban siempre sobre las piernas del torero, que nunca se quedaba quieto mientras instrumentaba los muletazos, ya que las condiciones del toro de entonces imposibilitaban cualquier intento de quietud.

Con esta concepción de la lidia resultaba válido un tipo de ejemplar eminentemente bronco y defensivo, que desarrollaba sentido y dificultades en cada arrancada y que se defendía cuando se desengañaba por completo. De este modo los toros jijones y de la Tierra fueron consolidándose y extendiéndose en las ganaderías españolas, de la misma forma que cayeron en picado y acabaron por desaparecer cuando el espectáculo evolucionó en pos de unos cánones de belleza estética propiciada por la quietud del torero y que hacía necesario que el toro aportase mayores cuotas de bravura y nobleza, asociadas a la fijeza y la entrega en la pelea.

Cuentan las crónicas que los toros de la Tierra fueron con diferencia los más terroríficos de su tiempo y conforme fue transcurriendo el siglo XIX los ganaderos se dieron cuenta que era necesario mejorarlos por lo cual recurrieron a practicar refrescamientos de sangre con ejemplares jijones, primero, y luego con otros de orígenes más selectos, derivados principalmente de la Casta Vistahermosa.

Merced a estos cruces, los mejores ganaderos consiguieron mantener su cartel durante más tiempo, aunque finalmente tuvieron que afrontar una evolución más profunda y más alejada del origen primitivo de sus divisas, o verse abocados a la desaparición.

Y es que según demuestran los resultados las ganaderías jijonas y sus derivadas no tenían en su patrimonio genético la capacidad de adaptación al toreo moderno, igual que ocurría en otras muchas de su tiempo y de orígenes variados, y al final la historia taurina nos cuenta que todas ellas se vieron abocadas a la desaparición, no sin antes ensayar numerosos cruces que tuvieron resultados poco relevantes excepto aquellos que se realizaron por absorción y que en la práctica suponían también la eliminación de los genes jijones.

PRINCIPALES GANADERÍAS DE CASTA JIJONA Y DE LA TIERRA

Durante los siglos XVIII y XIX existieron bastantes ganaderías que alcanzaron considerable renombre y que fueron constituidas en sus orígenes con reproductores de Casta Jijona.

Entre estas vacadas destacaron las del Marqués de Malpica, Diego Muñoz Vera, Marqués de Navasequilla o Juan José Hidalgo Torres, todas ellas en el siglo XVIII.

Ya en el XIX fueron importantes otras muchas~ especialmente en la primera mitad de dicha centuria. Entre ellas estuvo la de Alvaro Muñoz, el hijo de Muñoz Vera, que posteriormente se dividió entre sus hijos y que tras venderse en varios lotes dio lugar a la de Salvatierra y la del Marqués de la Conquista.

Otra parte de la ganadería de la familia Muñoz, correspondiente a Álvaro Muñoz Pereiro, fue adquirida por Rafael José Barbero y entró a formar parte de la ganadería de Pablo Romero, aunque en ésta la influencia jijona sea inapreciable desde hace muchas décadas.

Paralelamente otra rama de la familia Jijón estableció su ganadería en la zona de Valdepeñas. El primer Jijón que se dedicó a la crianza de vacunos de lidia en esta comarca fue Manuel Jijón durante el siglo XVIII. Su labor fue continuada por su hija Elena y su yerno, Benito Torrubia en los finales de dicha centuria, alcanzando muchos éxitos.

La vacada fue adquirida hacia 1800 por Gil Flores, constituyendo la base originaria de las divisas de la familia Flores en Albacete.

Esta rama de la ganadería pasaba por ser más "toreable" y más "noble" que las restantes de la misma procedencia, razones por las que los toreros aceptaban de buen grado lidiar sus toros, hasta que unos treinta años después degeneró y no llegó a superar la crisis.

Antes de vender la ganadería a Gil Flores, Benito Torrubia traspasó numerosos reproductores a José Manzanilla, quien a su vez cedió muchas reses a varios ganaderos de la zona de Colmenar Viejo contribuyendo a la fusión entre los llamados Toros de la Tierra y la Casta Jijona y dando lugar a algunas ganaderías tan famosas como la de Aleas.

Las ganaderías de la Tierra fueron las más temidas y rechazadas por los toreros en una época en las que las dificultades eran el denominador común de toda la cabaña brava española. No obstante parece que los toros jarameños y colmenareños se llevaban la palma en cuanto a su peligrosidad y por ello las figuras de entonces y todos los diestros que podían evitaban cuidadosamente enfrentarse a ellos.

El primer ganadero que seleccionó toros de la Tierra fue el colmenareño José Rodríguez García, a mediados del siglo XVII. Su vacada fue constituida con reses de múltiples orígenes, pero todas ellas de la zona centro de la península y mayoritariamente traídas de la provincia de Ciudad Real.

Esta ganadería pasó en el siglo XVIII a ser propiedad del marqués de Gaviria, una de las más famosas de esta zona junto a las de Gómez, Aleas y Martínez.

La Ganadería de Gómez

La vacada que la familia Gómez disfrutó durante más de un siglo fue creada por Elías Gómez y su hijo Félix con vacas de la tierra y jijonas, estas últimas procedentes de Malpica y Diego Muñoz Vera.

Destacaron a comienzos del siglo XIX por resultar sus reses más toreables y francas que la mayoría de las que tenían el mismo origen. Sin embargo hacia 1870 degeneraron, se embastecieron y aumentaron sus dificultades y su mansedumbre.

Perdieron cartel paulatinamente y tras extinguir la procedencia originaria, la ganadería acabó por desaparecer. Antes, en 1916, realizaron un cruce con un semental de Gamero-Cívico (Parladé) y en 1923 y 1931 con sendos toros del Conde de la Corte.

Hoy el hierro de Gómez es propiedad de Mariano Sanz y sirve para marcar reses oriundas del encaste Villamarta.

La Ganadería de Martínez

La famosa ganadería de Martínez tiene su origen también en reses jijonas, que fueron adquiridas en el último cuarto del siglo XVII por Julián Fuentes. En 1852 las cuatrocientas cabezas que integraban la vacada pasaron a ser propiedad de Vicente Martínez, que consiguió el máximo prestigio durante cuarenta años.

No obstante, la evolución que se iba a imponiendo en la Fiesta de los Toros exigía cada día más producir un tipo de toro que aportase más virtudes para los lidiadores y por eso la familia Martínez se decidió a la práctica de cruces para tratar de infundir a la ganadería las características que se empezaban a demandar.

Primero utilizaron como semental el toro "Español" de Concha y Sierra y de ongen vazqueño. Este semental, de capa berrenda aparejada, introdujo esta pinta en la ganadería, pero no supuso mejora apreciable en cuanto a características de comportamiento se refiere.

Más tarde, a principios del siglo XX, dieron el salto cualitativo y se colocaron entre los mejores ganaderos de su tiempo gracias al gran valor de mejora que tuvo el famoso toro "Diano" adquirido a la ganadería de Ibarra.

Este raceador dio productos extraordinarios que convirtieron la divisa de Martínez en la favorita de las principales figuras del toreo, principalmente "Joselito" y Juan Belmonte. Los excelentes resultados del toro "Diano" fueron reforzados con la aportación de otro toro de Ibarra llamado "Dudoso" y posteriormente por otros dos sementales del mismo origen, "Vinagrero" y "Ramito", adquiridos ya a Fernando Parladé.

También entre 1907 y 1918 la familia Martínez empleó como sementales de forma esporádica hasta once hijos de "Diano", que siguieron trasmitiendo a la descendencia las cualidades que habian heredado por línea paterna. No obstante estos ejemplares fueron utilizados solamente como cruce industrial, eliminando toda su descendencia y no utilizándola para la reproducción con objeto de evitar un posible "salto atrás" y la consiguiente reaparición de los caracteres jijones.

Así, con esta técnica selectiva considerablemente adelantada para su época, los toros de Martínez fueron los más comerciales de cuantos existieron en la llamada edad de oro del toreo, alcanzando sus mejores momentos cuanto más profundizaron en la línea del "Diano" y cuanto más se fueron alejando de la sangre jijona.

A pesar de ello la línea de Martínez apenas ha llegado hasta los tiempos actuales. La Guerra Civil causó daños irreparables en la vacada y la dejó reducida a la mínima expresión. De las setecientas tres cabezas inventariadas a principios 1936, apenas sobrevivieron unas sesenta.

Concluida la contienda, el hierro y las escasas reses supervivientes pasaron al Duque de Pinohermoso, que realizó varios cruces y luego se la vendió a la familia Arribas, que eliminó la anterior procedencia y la sustituyó por reproductores de origen Domecq.

Antes, en 1925 Antonio Pérez de San Fernando y Manuel Arranz compraron una parte de la vacada y la trasladaron a Salamanca. El primero la inscribió a nombre de su esposa, María Montalvo y la aumentó con reses de su propia ganadería. Actualmente constituye el hierro de Montalvo, propiedad de su nieto, Juan Ignacio Pérez-Tabernero, y mantiene reses de origen Domecq.

La ganadería de Arranz, hoy propiedad de Ramón Sánchez, realizó asimismo varios cruces con sementales del Conde de la Corte ("Abejorro"), Graciliano Pérez-Tabernero ("Filibustero") y Antonio Pérez ("Encendedor" y "Desgraciao"). El toro de Graciliano Pérez-Tabernero, de origen Santa Coloma dio resultados extraordinarios y definió las características morfológicas y de comportamiento que aún imperan en la vacada y que quedan ya muy distantes de la antigua procedencia de Martínez.

Así, esta procedencia está reducida en la actualidad a algunos núcleos más o menos cruzados, como los que se mantienen en las ganaderías de Manuel Quintas, Hermanos Quintas Parras y Brígida Díaz Guerra.

Dibujo de Facundo

La Ganadería de Aleas

Fue creada en el último cuarto del siglo XVIII por Manuel Aleas López, de Colmenar Viejo, que se inició en la actividad ganadera comprando vacas procedentes del los Montes de Toledo y de la Sierra de Alcaraz. Más adelante incorporó otros reproductores de Vicente Perdiguero, procedentes de la vacada de José Manzanilla y oriundos por tanto de Casta Jijona.

Bajo la dirección de su hijo, Manuel Lucio Aleas, alcanzó su etapa de máximo cartel, durante el primer tercio del siglo XIX. En este periodo, la ganadería fue aumentada con un lote de sesenta vacas de Juan Crisóstomo Martínez, que tenían una procedencia parecida a la de Aleas y que le permitieron realizar un refrescamiento de sangre.

Los "aleas" de entonces alcanzaron fama de toros codiciosos y bravos, que se ensañaban con los caballos de los picadores hasta llegar a morderlos y pisotear-los cuando los derribaban. Igualmente eran ejemplares que conservaban sus facultades hasta bien avanzada la lidia y hacían una pelea dura y franca, según los cronistas de su tiempo.

No obstante, el ganadero adivinó el cambio que se avecinaba en el toreo y trato de adecuar sus ejemplares a las nuevas exigencias de los tiempos. Para ello adquirió un toro de la ganadería del Barbero de Utrera, llamado "Azulito".

El ejemplar, de puro origen Vistahermosa, se cruzó con las antiguas vacas jijonas y tuvo un evidente efecto mejorante en la ganadería, de forma que sus productos se afinaron de tipo, aumentaron en bravura y sobre todo se hicieron más toreables y menos complicados en el último tercio de la lidia. Todo ello tuvo Como consecuencia un nuevo incremento en el cartel de la ganadería colmenareña, que se mantuvo hasta mitad de ese siglo.

Los sucesivos herederos de la familia Aleas conservaron el fondo Jijón de su ganadería hasta comienzos del siglo XX. Fue entonces cuando Manuel García-Aleas Gómez se decantó por realizar nuevos cruces e incorporó a la ganadería un semental del Conde de Santa Coloma y posteriormente otros dos de Gracjljano Pérez-Tabernero, también derivados de Santa Coloma.

La Guerra Civil tuvo un efecto devastador sobre la ganadería de Aleas, que quedó diezmada y con su procedencia jijona prácticamente extinguida. Su propietario la rehizo con unas pocas reses recuperadas y volvió a confiar en los raceadores de Santa Coloma, adquiriendo dos sementales del hierro de José Escobar, derivados también de la línea Graciliano Pérez-Tabernero.

Las últimas vacas de pelajes colorados, castaños y retintos, típicamente jijones, que existieron en la ganadería se extinguieron a principios de los años ochenta, aunque el porcentaje de sangre jijona que prevalecía en dichos animales era ya mínimo, a tenor de los sucesivos cruces llevados a cabo.

A pesar de ello, en la actualidad y de forma muy esporádica puede aparecer algún ejemplar de pelaje castaño, pero realmente no puede precisarse si se trata de alguna mínima reminiscencia jijona o de la influencia ibarreña presente en el encaste de Santa Coloma y enmascarada habitualmente por la rama asaltillada.

Manuel García-Aleas Carrasco, excelente aficionado y conocedor del toro bravo fue el último miembro de la familia que conservó la divisa. Durante el periodo que la mantuvo a su cargo incidió más aún en la procedencia Santa Coloma e incorporó a la ganadería un semental de Hernández Pla.

El actual propietario del legendario hierro es José Vázquez, quien se decantó en principio por mantener el origen Santa Coloma en la ganadería, pero que actualmente lo está limitando y reemplazando por reproductores procedentes de Domecq.

 

 

 

Del libro "Prototipos raciales del Vacuno de Lidia" publicado por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación..

 

También ofrecemos el documento recopilatorio de este encaste de la Asociación EL TORO de Madrid publicado en Terralia y en formato PDF >>

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