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EL ENCASTE NAVARRO O DE LA RIBERA

ORIGEN:

    El origen de la Casta Navarra presenta bastantes dudas a los investigadores, si bien todos coinciden en que se trata de la más antigua de las Castas Fundacionales de la actual raza de lidia.

    La teoría imperante acerca de la génesis de estos vacunos defiende su más probable origen céltico y mantiene que descienden directamente del Bos Brachyceros, que se establecería en las estribaciones de los Pirineos, principalmente en las zonas colindantes con el norte de Navarra y de Aragón. Los ancestros de los vacunos navarros descenderían paulatinamente hacia el sur, estacionándose en las riberas del Ebro y sus alrededores. Durante siglos recibirían la influencia medioambiental de un clima frío y un predominio de pastos pobres y poco abundantes en terrenos abruptos, circunstancias que condicionarían su reducido tamaño y su marcada agilidad.

Ya en el siglo XIV, aún en la Edad Media, existe constancia de la celebración de festejos con toros en Pamplona y en los documentos que acreditan esta circunstancia se señala que las reses en cuestión pertenecían a ganaderías radicadas en aquel territorio. Así, se sabe que un ganadero llamado Juan Gris mandó dos de sus toros a Pamplona para las fiestas que se celebraron en 1388 en honor del Duque de Borbón. También hay datos sobre la lidia de reses en el año 1401 y posteriores, aumentando considerablemente las referencias conforme se avanza en el siglo XV.

En todo caso se trataría de vacadas dedicadas a la producción de animales para abasto o bueyes de trabajo, utilizándose los astados más agresivos para las fiestas de toros.

Más tarde, en el siglo XVI, se produjo la primera exportación de vacunos de estas tierras al Nuevo Mundo. Conocedor de la agresividad y la embrionaria bravura de los vacunos navarros, Juan Gutiérrez de Altamirano, primo de Hernán Cortés, se encargó en 1528 de llevar hasta tierras mejicanas doce pares de toros y vacas de Navarra. Con estos animales se creó la primera ganadería brava en América, siendo conocida con el nombre de Ateneo, denominación de la hacienda a la que fueron trasladadas estas reses, cuyos descendientes sirvieron de base para las primeras fiestas con toros celebradas en México.

Pocos años después los misioneros españoles llevaron también vacunos navarros a Ecuador, aunque en este caso su intención no fue la de extender las fiestas de toros por aquellas tierras, sino más bien su utilización como animales de guarda y defensa, para evitar los expolios de los huertos y tierras colindantes con las misiones, que servían de sustento a los frailes.

Los toros navarros, ya famosos entonces por su agresividad, causaron el terror entre los indígenas y permitieron preservar la precaria economía de los misioneros, que dispusieron alrededor de sus tierras un sistema de doble empalizada cortada en cada ángulo. En cada lado del cuadrado o rectángulo resultante se colocaba uno de los toros traídos de Navarra, que siempre estaba dispuesto a arrancarse ante el menor ruido o ante la presencia de quienes quisieran penetrar en las parcelas.

Desde mediados del siglo XVI se tiene idea de una cierta organización ganadera y los criadores de entonces, como el Conde de Losada, Pedro Gigüel, o Juan Bea, empezaron ya a utilizar su propio hierro para distinguir el ganado de su propiedad del perteneciente a las haciendas vecinas.

En el siglo XVII existían ya en Navarra y en las zonas colindantes de Aragón y La Rioja numerosas vacadas integradas por ejemplares de la tierra, que tenían características étnicas muy semejantes y que destacaban por su pequeño tamaño y su marcada agresividad. La mayor parte de estas ganaderías hacían gala de una primitiva bravura que, por otra parte, no era buscada por sus propietarios. La mayoría deseaba animales más tranquilos y corpulentos, ya que servían generalmente para abastecer el consumo de carne en la zona, y tan sólo unos pocos se destinaban a las aún desordenadas lidias de la época.

Además, era frecuente que para reunir las reses necesarias para un festejo taurino fuera necesario contar con las existentes en más de una ganadería, puesto que los machos de edades adultas eran poco abundantes en cada vacada y se limitaban a aquellos que se empleaban como reproductores. Habida cuenta de su agresividad, las peleas entre los toros eran frecuentes y por eso la lidia en plazas era una buena salida para los toros adultos. Sus propietarios los vendían para la lidia, sustituyéndolos por novillos, que resultaban menos complicados de manejo y eran igualmente útiles para las funciones reproductivas.

DESARROLLO DE LA CASTA NAVARRA

Hasta finales del siglo XVII no aparecen en Navarra las primeras ganaderías dedicadas específicamente a la producción de toros para la lidia aunque, como ya se ha indicado, existían en esas tierras desde mucho antes.

Joaquín Antonio de Beaumont de Navarra y Ezcurra Mexia, Marqués de Santacara, está considerado como el primer ganadero que inició la selección y crianza del vacuno de Casta Navarra con destino a los festejos. Fue allá por 1670

en la localidad de Corella cuando constituyó su vacada recogiendo y seleccionando reses salvajes existentes en la zona de las Bardenas y sus alrededores, y que destacaban por su pequeño tamaño y por su temperamento agresivo.

El Marqués de Santacara constituyó la raíz de la que derivan todos los troncos navarros. Mantuvo la ganadería hasta 1701, cediéndola entonces a su capellán, Juan Escudero Valero, que además de presbítero de Corella, ejercía como

comisario de la Inquisición y pasaba por ser un gran aficionado a los festejos taurinos.

En 1715 la ganadería pasó a ser propiedad de Martín Virto y luego de su hija Isabel y de su yerno, Antonio Lecumberri. Durante este periodo se realizaron ventas de ganado a Joaquín Zalduendo, Felipe Pérez Laborda y Juan Antonio Lizaso, que constituyen junto con Lecumberri las cuatro ramas principales de la Casta Navarra, aunque posteriormente fuera Carriquiri quien alcanzara mayor fama y reconocimiento histórico en su faceta ganadera.

La rama de Lecumberri y Carriquiri

Antonio Lecumberri Virto se hizo cargo de la ganadería de sus padres en 1756, mejorándola durante los 18 años que la mantuvo. En 1774 se la vendió a Francisco Javier Guendulaín, de Tudela, quien la incrementó considerablemente, llegando a tener setecientas vacas de vientre.

Guendulaín se presentó como ganadero en Madrid el año 1776 y la vacada se mantuvo en el seno de su familia durante ochenta años, primero como propiedad de su hijo Juan, y luego de su nieto Tadeo Guendulaín, bajo cuya dirección consiguió aumentar su prestigio en las plazas y también el reconocimiento por parte de los ganaderos castellanos y andaluces, que le adquirieron sementales para dotar de más picante a sus respectivas vacadas.

Tadeo Guendulaín se asoció con el banquero, industrial y político pamplonés, Nazario Carriquiri, el hombre que a la postre llevaría los vacunos navarros a sus mayores cotas de gloria en las plazas de toros y que pronto quedó como único propietario de la vacada, por el fallecimiento de Guendulaín.

Carriquiri presentó sus ejemplares en Madrid en 1864 y convirtió su ganadería en paradigma de bravura y casta, no exenta de dificultades, pero siempre sinónimo de emoción y autenticidad.

El triunfo de Carriquiri superó la dimensión del propio mundillo taurino y convirtió a su divisa en legendaria durante los años que la mantuvo en su poder. Al llegar a la vejez la traspasó a su sobrino, el Conde de Espoz y Mina, época en que se inició el ocaso de la ganadería, que culminó con su desaparición, tras ser adquirida en 1908 por Bernabé Cobaleda.

El señor Cobaleda trasladó la ganadería a Salamanca y eliminó paulatinamente las reses navarras, que cada vez se adaptaban en menor medida a los usos y costumbres imperantes en la Fiesta. A partir de 1925 las sustituyó por completo por otras adquiridas al Conde de la Corte.

Antes de llevar a cabo el desmantelamiento de la ganadería de Carriquiri, Cobaleda vendió un lote de vacas y algunos sementales a Nicasio Casas, de donde derivan la inmensa mayoría de los vacunos de Casta Navarra que se conservan en la actualidad.

La rama de Zalduendo

Los distintos tratados sobre el origen histórico de las ganaderías de lidia navarras señalan que Joaquín Zalduendo aprovechó la amistad que unía a su esposa con la de Antonio Lecumberri para adquirir vacas y sementales de estos últimos, en el siglo XVIII. Dichos reproductores sirvieron para constituir la ganadería de Casta Navarra más relevante después de la de Carriquiri.

La vacada alcanzó mucho prestigio sobre todo en el siglo XIX y constituyó la base de muchas otras de las que existieron en Navarra y Aragón durante aquella época.

La familia Zalduendo, a través de sus sucesivos herederos mantuvo la ganadería hasta 1939. En la última etapa estuvo más desatendida y esto trajo como consecuencia una degeneración de la bravura de las reses, que perdieron bastante aceptación en los ruedos.

Después de ciento setenta años en poder de la familia y al morir sin descendencia la viuda del último Zalduendo (Jacinto), los albaceas testamentarios vendieron la vacada al administrador de la casa, Martín Amigot, cuyos herederos la traspasaron a la sociedad Villaralto. Los nuevos propietarios eliminaron por completo la procedencia navarra de las reses, desapareciendo la rama Zalduendo de la Casta Navarra. Hoy este hierro es propiedad de Femando Domecq, que cría ejemplares del encaste familiar creado por su padre.

Las Ramas de Pérez Laborda y Lizaso

Felipe Pérez Laborda creó su ganadería durante el siglo XVIII con reses de la tierra procedentes en su mayoría de Lecumberri. Posteriormente se dedicó a incorporarle vacas y toros de los que por entonces llegaban a Tudela procedentes del Pirineo. Estos animales se criaban en estado salvaje, resultaban bastante agresivos y eran llevados a la ciudad como animales de abasto.

Pérez Laborda seleccionó aquellos que por su tipología le agradaban más, o se ajustaban en mayor medida al patrón morfológico que quería desarrollar en su ganadería.

Durante determinado tiempo Felipe Pérez Laborda explotó la ganadería en sociedad con otro de los ganaderos navarros más destacados, que fue Juan Antonio Lizaso. La sociedad no se mantuvo durante mucho tiempo y se escindió en dos ganaderías con idéntico origen.

La vacada de Pérez Laborda perduró hasta la muerte de su propietario y posteriormente, en 1873, su viuda acabó por venderla al carnicero de Zaragoza Joaquín del Val, que la extinguió sacrificando todos los animales.

Durante el tiempo que estuvo en poder de la familia Pérez Laborda obtuvo señalados triunfos, que se prolongaron hasta la extinción de la divisa ya en poder del siguiente propietario, destacando el caso del toro "Murciélago", indultado por bravo en la plaza de toros de Córdoba en 1879 y que con posterioridad fue llevado como semental a la ganadería de Miura. El ejemplar tomó veinticuatro varas y fue lidiado por Lagartijo, que se lo regaló al famoso ganadero sevillano.

Tampoco corrió mejor suerte la ganadería creada en Tudela por Juan Antonio Lizaso, con reses de origen Lecumberri. Tras el periodo de sociedad con Pérez Laborda, quedó en poder de la familia durante dos generaciones más y acabó totalmente extinguida.

Las ramas aragonesas de la Casta Navarra

Aunque nunca alcanzaron tanto renombre como las principales vacadas de la vecina Navarra, algunas ganaderías aragonesas también contribuyeron a incrementar y mantener la fama de los vacunos de la tierra.

Las más prestigiosas pertenecieron a las familias Ripamilán y Bentura, de Ejea de los Caballeros, y también destacaron las de los Ferrer, de Pina de Ebro y, ya en el siglo XX, la del matador de toros Nicanor Villa "Villita", entre otras.

Hoy todas estas divisas se encuentran extinguidas.

EL PROTOTIPO DEL VACUNO NAVARRO

Tradicionalmente los toros navarros han respondido a un prototipo morfológico muy característico donde destacan su pequeño formato (brevilíneos), sus pelajes colorados y rizosos y su acusada viveza.

Se trata por tanto de animales de talla muy pequeña y extremadamente finos, que lucen un perfil cefálico subcóncavo y que son característicamente elipométricos o de peso bajo, lo cual no es extraño si se tiene en cuenta su disminuido tamaño y su característico tipo aleonado, con mayor predominio del tercio anterior y con escaso desarrollo de la grupa.

La cabeza suele ser pequeña y de morro ancho. Presenta los ojos de tamaño grande, muy saltones y de mirada muy viva, característica que constituye uno de los rasgos más peculiares de la Casta Navarra.

La cara está cubierta por pelos largos y rizosos, dándose muchos ejemplares foscos e incluso astracanados, al prolongarse los rizos hasta el cuello y en ocasiones llegando a alcanzar las paletillas. Las orejas son pequeñas y muy móviles, provistas de abundantes pelos. Las encornaduras son cortas de longitud y se dirigen normalmente hacia arriba (veletos), apareciendo con menor frecuencia los cornivueltos y comipasos. Tienen una coloración clara o acaramelada y finalizan en pitones muy agudos.

El cuello es ancho y más bien corto, provisto de un morrillo prominente, pero no excesivo, de forma que no desentona sobre el conjunto del animal. La papada aparece igualmente poco marcada.

El tronco tiene forma de trapecio y el pecho es profundo y ancho. La línea dorsolumbar aparece más o menos arqueada y la grupa es almendrada, alcanzando poco desarrollo en general, mientras que el vientre tiene forma redondeada y es poco prominente.

Las extremidades son cortas y finas, con pezuñas de tamaño reducido y la cola es larga, fina y provista de un borlón muy poblado.

Los pelajes característicos del vacuno navarro se incluyen en la gama de las capas coloradas, que se presentan en toda su variedad, melocotón, colorado, colorado encendido y retinto. También son frecuentes las pintas castañas, mientras que las negras y tostadas son igualmente típicas de esta casta, pero se aprecian con menos asiduidad.

Los accidentales más frecuentes que acompañan a estas capas son el albardado, aldinegro, anteado, chorreado, lavado, ojo de perdiz, ojalado, bociblanco, bocidorado, listón y lombardo. El bragado y meano tan común en la mayoría de las procedencias ganaderas es aquí mucho menos abundante.

En conjunto los toros navarros resultan armónicos y muy bonitos, por su finura y por su viveza.

LAS VACAS DE CASTA NAVARRA

Las hembras de Casta Navarra manifiestan aún más las características propias de su origen. Su talla es considerablemente menor que la de los machos y acusan una marcada elipometría, mientras que la concavidad del perfil resulta todavía más patente.

La cabeza es estrecha y alargada, circunstancia que hace destacar aún más los ojos grandes y saltones. Los cuernos son acaramelados o claros, muy finos en todo su trayecto y con predominio de las encornaduras veletas, aunque las cornivueltas y, sobre todo comipasas son también bastante frecuentes.

El cuello es fino, estrecho y muy móvil, el tronco discretamente desarrollado, con la línea dorsolumbar frecuentemente ensillada.

Las extremidades son igualmente muy finas y cortas, mientras que las ubres alcanzan un tamaño discreto. La cola es proporcionalmente más larga que la de los toros e igualmente poblada.

 

EL COMPORTAMIENTO DEL VACUNO DE CASTA NAVARRA

Las reses de Casta Navarra han lucido desde tiempos inmemoriales una bravura seca, primitiva, exenta de cualquier característica que implique entrega y colaboración con los toreros, y que resulta tan espectacular como su propia presencia física.

De este modo los tratadistas han venido calificando a los ejemplares como duros y con pocos atisbos de nobleza, extremadamente bravos, de mucho nervio y agilidad, otorgándoles otros calificativos que dan una idea clara de sus aptitudes, como los de fogosos, malhumorados, astutos y hasta arteros.

En el ruedo, la escasa presencia física de los toros navarros justificaba con creces, por su dureza, el fervor de los aficionados del siglo pasado. Cuentan las crónicas de la época que estos astados se arrancaban de lejos a los caballos y, cuando hacían presa y los derribaban, se subían sobre ellos y además de comearles, les mordían y les pateaban con saña.

En el segundo tercio salían persiguiendo con frecuencia a los banderilleros que acababan de clavarles los rehiletes, sin hacer caso de los capotes con que los otros toreros intentaban hacerles el quite. Les obligaban a saltar la barrera y también la saltaban ellos limpiamente persiguiéndoles con saña.

Durante las faenas de muleta estaban dotados de un prodigioso sentido de la anticipación, eran pegajosos y se revolvían rápidamente, además de tirar numerosas cornadas en cada derrote. Resultaban broncos y muy difíciles para los diestros, a pesar de que en esa época las faenas de muleta eran una simple preparación para entrar a matar al toro y de que los diestros de entonces basaban una buena parte de su técnica en la propia rapidez de reflejos y en la velocidad de las piernas para ponerse a salvo.

Desde siempre el desbordado temperamento y la facilidad para adquirir resabios típicos de los toros navarros infundieron el terror en los lidiadores.

Ya en el siglo XX la evolución del toreo hacia un espectáculo cada vez más artístico y menos basado en el enfrentamiento toro-torero condicionó lo que habría de ser la regresión de esta Casta, hasta el punto de colocarla casi en trance de extinción.

Los toreros se decantaron por un tipo de toro cada vez menos complicado, rechazando por completo los vacunos navarros, que empezaron a desaparecer totalmente de los espectáculos mayores. Además, lo justo de su trapío contribuyó a lograr con más facilidad el objetivo de los lidiadores.

Desde entonces el censo de ejemplares de Casta Navarra fue descendiendo paulatinamente hasta quedar reducido a unos pocos cientos de animales que, en su mayoría, fueron objeto de distintos cruces con reses de otras procedencias y comprometieron gravemente el futuro de la Casta, que se conserva a duras penas en la actualidad.

Además el peculiar sistema de explotación que se sigue en las zonas donde se desenvuelve la Casta Navarra y que, ante la falta de extensiones pastables obliga a mantener los animales en un régimen de estabulación libre durante muchos meses del año, condiciona una elevada incidencia de tuberculosis y dificulta la erradicación de esta enfermedad infecciosa.

LA CASTA NAVARRA EN LA ACTUALIDAD

El indomable temperamento de los vacunos navarros, unido a su escasez de trapío, ha condicionado su marcada regresión, más acusada conforme el toro ha ido perdiendo terreno en su papel estelar como protagonista de la Fiesta.

La Casta Navarra subsiste actualmente gracias a la existencia de festejos tradicionales, tales como capeas, encierros, recortes y similares, espectáculos donde resultan inmejorables las condiciones de estos vacunos.

Su bravura salvaje, su ligereza, su ferocidad y su listeza naturales, unidas a su gran resistencia les han convertido en un verdadero espectáculo por sí mismos. Sus condiciones naturales, unidas a la experiencia que van acumulando en el transcurso de sus participaciones sucesivas en los espectáculos, vienen dotando de interés y emoción a los festejos tradicionales que se celebran en tierras navarras, aragonesas, vascas, riojanas, catalanas y valencianas, y han posibilitado que algunos vestigios de Casta Navarra hayan podido llegar hasta nuestros días.

En todas estas regiones españolas donde los festejos populares son la base de la Fiesta, las reses navarras gozan de gran prestigio, hasta el punto de que la participación en los espectáculos de determinados ejemplares levanta expectación y llega a anunciarse en los carteles.

Con todo, los efectos de una selección poco adecuada, con cruces indiscriminados, ha reducido al límite la presencia de los vacunos navarros en la cabaña brava española.

En el conjunto de estas divisas se aprecia un grado de pureza de los rasgos étnicos del vacuno navarro bastante desigual, coexistiendo ejemplares que responden muy fielmente al prototipo racial descrito a lo largo de los tiempos, junto a otros que no tienen nada que ver con el mismo.

Además, durante los últimos años se viene apreciando una considerable evolución en las reses de Casta Navarra, que afecta a su morfología más que a sus características para la lidia. En conjunto se ha producido un aumento del tamaño corporal bastante apreciable, como consecuencia del cambio de alimentación aplicado a estos vacunos.

Las reses de Casta Navarra tradicionalmente se han mantenido en un sistema de explotación absolutamente primitivo, basado en los escasos recursos pastables de las Bardenas Reales y de las restantes zonas de Navarra y Aragón donde siempre se han desenvuelto.

Las fincas se han caracterizado por ser superficies abiertas y con extensiones mucho menores que las dedicadas normalmente a la explotación del vacuno bravo en otras zonas de España, de modo que los ganaderos han tenido que recurrir a efectuar constantes traslados de sus animales de unos términos a otros para satisfacer en la mayor medida posible las necesidades nutricionales.

Esta circunstancia ha influido también en el manejo de los vacunos, de forma que la figura del pastor, a pie y acompañado por su perro, ha ocupado el tradicional puesto del vaquero a caballo habitual en la mayor parte de la España ganadera.

En los últimos tiempos, las reses pertenecientes a las ganaderías bravas de Navarra y Zaragoza continúan aprovechando zonas de monte durante determinados meses del año y se mantienen prácticamente estabuladas en otras temporadas, sobre todo en invierno. En esas épocas los animales permanecen todo el tiempo en corrales y su alimentación consiste en excedentes hortofrutícolas y subproductos de las numerosas industrias de conservas vegetales radicadas en la ribera navarro-aragonesa.

Independientemente del mayor o menor equilibro alimentario que pueda aportarles una dieta de esta naturaleza, la realidad es que los ejemplares ya no suelen sufrir los largos periodos de escasez de alimentos que antiguamente caracterizaban su sistema de explotación, lo cual ha traído como consecuencia un apreciable crecimiento en los vacunos de Casta Navarra.

Esto no quiere decir que ahora se hayan convertido en reses grandes, ni mucho menos, pero han aumentado de proporciones corporales y no se alejan mucho en cuanto a su talla de los ejemplares pertenecientes a los restantes encastes de tamaño pequeño, como puedan ser Santa Coloma o Vega Villar, llegando a aventajar incluso a los de esta última procedencia.

Los vacunos navarros no sólo han aumentado su tamaño corporal, sino también han sufrido modificaciones en su estructura de modo que, aunque siguen siendo aleonados, se han desarrollado más del tercio posterior y presentan grupas más redondeadas que les hacen ahora que sean menos elipométricos.

Las hembras siguen respondiendo con más fidelidad al prototipo descrito, mientras que la corpulencia de los machos se ha incrementado en mayor medida.

Las encornaduras de los toros continúan siendo predominantemente cortas, pero se han vuelto más gruesas de base y ya no aparecen dirigidas hacia arriba con tanta frecuencia como ocurría antes, como consecuencia también del cambio introducido en el sistema de alimentación.

Al igual que ocurre con la estructura corporal, las encornaduras de las vacas han evolucionado menos y se corresponden en mayor grado con las descritas en el prototipo tradicional, aunque la selección practicada por los ganaderos busca ejemplares más anchos de cuna y que aparenten más trapío.

Al margen de estos rasgos, también cabe destacar que la mayoría de las reses navarras que perduran en la actualidad son menos rizosas que las de antaño y los ejemplares astracanados no son ya muy abundantes.

Las restantes características morfológicas que distinguen a los vacunos de Casta Navarra siguen conservándose, al igual que las pintas típicas, que continúan siendo predominantemente coloradas y en menor medida castañas, mientras que las negras son cada vez más minoritarias, como consecuencia de un criterio estético que identifica las capas coloradas como más genuinas de esta casta.

GANADERÍAS DERIVADAS DE LA CASTA NAVARRA

Los últimos vestigios de la antigua Casta Navarra se encuentran distribuidos en un pequeño número de ganaderías ubicadas principalmente en la propia Navarra y en Zaragoza. Dichas vacadas presentan un grado de pureza racial bastante desigual, de forma que suelen encontrarse ejemplares que responden a la perfección al prototipo étnico de la Casta, junto a otros que evidencian la presencia de cruces y en los que se adivinan rasgos puramente navarros, pero claramente mezclados con otros que no tienen nada que ver con los primeros.

Hay que tener en cuenta que fueron muy pocas las reses de pura Casta Navarra que se salvaron de la extinción durante las primeras décadas del siglo XX. A partir de entonces, todos los ganaderos que se interesaron por su recuperación pudieron contar con un número muy limitado de reproductores, que en muchos casos apenas superaba la media docena de reses.

En tales condiciones la única solución pasaba por realizar cruces con hembras de otras prodecencias, eligiendo siempre los sementales entre los descendientes de las vacas puras, para ir paulatinamente infundiendo los caracteres de la Casta Navarra mediante un cruce por absorción. Lo malo es que en muchas ocasiones los cruzamientos se realizaron de forma indiscriminada y los resultados fueron alejándose a lo largo de las generaciones de la uniformidad buscada y deseable para lograr el objetivo de recuperación.

En los últimos tiempos, el Gobierno Foral Navarro ha iniciado un trabajo en caminado a determinar la pureza racial de las explotaciones que radican en su territorio. Se trata de un estudio comparativo mediante la huella genética por ADN de los reproductores existentes en la actualidad con los antiguos toros navarros, cuyas cabezas se conservan disecadas, para ver el grado de semejanza que puedan presentar los genotipos y valorar la mayor o menor pureza racial de cada explotación.

Así las cosas, por el momento, lo más fiable para determinar la mayor o me nor influencia navarra en cada ganadería, son los rasgos étnicos que presenten los animales. En atención a este criterio los prototipos morfológicos más puros del vacuno navarro se encuentran más difundidos en las de Vicente Domínguez Guendulaín, Adolfo Lahuerta Royo y Ganadería del Ebro.

 

 

Extraído del libro "Prototipos raciales del Vacuno de lidia" del Ministerio de Agricultura Pesca y alimentación.

 

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