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GANADERÍAS

Casta Vistahermosa.

 

 

El toro de esta casta puede ser considerado como el prototipo del de lidia.

Dice don Luis Uriarte en su libro «El toro de lidia español» que «aunque la experta dirección de los condes de Vistahermosa afinara y mejorara el tipo y las condiciones de los toros proceden­tes de los Rivas, no se les debe regatear a éstos los merecimientos que les corresponden por la intervención de varios de ellos en el cuidado y sostenimiento de la ganadería durante largos años, en los que ya se hizo de las más célebres de Andalucía, según fide­dignas referencias».

Esta casta la crearon los Rivas, aunque se ignora si lo hicieron con ganado procedente de los diezmos a cuyos recaudadores le efectuaron compras, pero ya llevaban casi un cuarto de siglo de ganaderos de bravo. Es indudable que realizaron una selección para alcanzar la notoriedad que tuvieron. De ellos provendrían las características de esta casta que predomina actualmente en la ma­yoría de las ganaderías de lidia y que en dos de sus ramas, la del Barbero de Utrera y la de Varea Lesaca Saltillo, se conservan sin cruzamiento desde la creación de dicha casta en el primer cuarto del siglo XVIII

La característica de esta casta se define por ser sus toros ter­ciados y de poco peso, de gran trapío, tipo recortado, constitución fuerte con cabeza no muy grande, recogida, tirando a cornicortos, piel untuosa, cola larga y extremidades de radios finos, con pezu­ñas pequeñas y fuertes.

En sus capas predominan los pelos negros, cárdenos, algún colorado melocotón, aleonados, ojos de perdiz o castaños. En la rama del Barbero predominaba más lo negro y el negro azabache, el lombardo y chorreado en verdugo. En la rama de Lesaca pre­dominaba lo cárdeno con defensas más amplias, al contrario que los del Barbero, de defensas gachas y brochas y estrecha frente que hacían ostentación de su bravura y nobleza.

Bravos y prontos en todos los tercios, recargaban en varas, creciéndose al castigo pero no con gran poder; embestida alegre y codiciosa hasta la muerte.

Según don Luis Uriarte, que ha realizado una notable labor historiográfica, fue don Pedro Luis Ulloa Calis, I Conde de Vista­hermosa, quien adquirió hacia 1774 la ganadería de Tomás Rivas.

Muy aficionado a la ganadería brava e instigado por los elo­gios que de la ganadería de los Rivas le hiciera el tratante Francis­co Jiménez, el Rubio, entró en deseos de poseer una ganadería propia que compitiera con las más famosas de la época comprán­dosela a Tomás Rivas. El citado Francisco Jiménez había ayudado a los Rivas en la adquisición y selección de las reses procedentes de los diezmos.

Una vez adquirida por el Conde, la ganadería puso al citado Francisco Jiménez, conocido como «Curro el Rubio», al frente de la misma como conocedor, haciendo la selección de las reses de mejor nota.

De don Pedro Luis Ulloa pasó a su fallecimiento, ocurrido en 1776, a sus hijos, pero el condado y la ganadería figuró a nombre del mayor, don Benito Ulloa Halcón de Cala, II Conde de Vista-hermosa, con quien se acrecentó el prestigio de la casta durante cinco lustros.

Este II Conde de Vistahermosa falleció en noviembre de 1800, heredándole su hermano Pedro Luis Ulloa Halcón de Cala, III Conde de Vistahermosa. Este Conde mantuvo la ganadería en primer plano, pero la prohibición de Carlos IV de celebrar corri­das y la situación azarosa de la vida nacional influyó en que su nombre sonara menos durante los 20 años que sobrevivió a su he­rencia.

A su fallecimiento en 1821, le heredó su hermana Luisa Ulloa Halcón de Cala, IV Condesa de Vistahermosa, de la que no se sa­be llegase a figurar como propietaria de la ganadería, pues el últi­mo dato que se puede aportar a su historial es el de que la testa­mentaría vendió hacia 1823 la mayor parte a Juan Domínguez Ortiz, conocido como el «Barbero de Utrera», y otras porciones, a Salvador Varea Moreno, Fernando Freire, Antonio Melgarejo y Francisco Giráldez.

De este notable ganado lo que se ha mantenido verdadera­mente puro ha sido la rama del Barbero y la de Varea. La de Frei­re se mezcló con lo que tenía de origen cartujano. La de Melgare-jo se extinguió, aparte pequeñas porciones absorbidas por otras sangres. La de Giráldez se mezcló a su vez con reses entre las que había de procedencia cabrereña.

 

Rama del Barbero de Utrera. Juan Domínguez Ortiz debía po­seer ya ganado cuando hacia 1823 adquirió la mayor parte de la ganadería procedente del Conde de Vistahermosa, que lo hizo con todos los derechos. A su fallecimiento, en 1834, le heredó su yerno José Arias Saavedra Ulloa, viudo de la hija de aquél, María Consolación, el cual no se preocupó gran cosa de la ganadería, observándose cierta decadencia, lo que no era óbice para que si­guieran saliendo ejemplares de la casta y en su época les conocie­ran como «saavedreños» diferenciados por su tipo característico, algo brochos y gachos pero con los codos muy altos y oblicuos a la estrecha frente, que solían ser los más bravos. Aún hoy es posi­ble distinguir ejemplares de este tipo entre los descendientes de la casta Vistahermosa.

Descansando de los cuidados que el ganado requería en la gestión del conocedor Juan Gómez transcurrieron varios años hasta que en 1863 vendió una tercera parte de las 927 cabezas que la integraban a la viuda de Murube, Dolores Monge (que aca­baba de adquirir [1863] la de Manuel Suárez) y en 1864 le traspa­só 2.000 vacas y 50 toros más.

En 1865, unos dos meses antes de su fallecimiento, Arias Saa­vedra le vendió el ganado a don Ildefonso Núñez de Prado; este propietario hizo tienta de hembras y machos por el sistema de acoso, retentó y seleccionó lo mejor en trapío de lo de Vistaher­mosa y rápidamente recuperó el prestigio que iba perdiendo en los tiempos de Arias Saavedra.

De don Ildefonso Núñez de Prado pasó a su hermana Teresa, y al fallecimiento de ésta, los albaceas testamentarios, uno de los cuales fue su sobrino Francisco Pacheco Núñez de Prado, vendie­ron las 400 cabezas de ganado a Jerónimo Molina y al propio Pa­checo. Lo de Jerónimo Molina pasó a Rafael Surga y Pacheco, que lo heredó con todos los derechos; cedió la mitad de lo suyo a don José Antonio Adalid, el cual se hizo finalmente con todo lo de Pacheco.

 

Rama de Varea. Salvador Varea Moreno, de Jerez de la Fron­tera, adquirió en 1823 una porción de la ganadería del Conde de Vistahermosa y a los dos años se la traspasó a Ignacio Martín, de Sevilla, quien no pudo arrendar o comprar dehesas en Dos Her­manas, donde pensaba instalar su ganado, y reservándose poco más de un centenar de cabezas, vendió lo restante en 1827 a Pe­dro José Picavea de Lesaca, de Sevilla. Cuando ya se habían acreditado sus toros y se les conocía con la denominación de «Lesaqueños» falleció en 1830 y le heredó su viuda, Isabel Monte-Mayor Priego, de Málaga, avencidada en Se­villa, a la que su marido sintiéndose ya enfermo le había recomen­dado que no cruzara su vacada, lo que cumplió y transmitió a su hijo y sucesor José Picavea de Lesaca Montemayor, que la atendió con el mayor esmero, siendo sus toros bravos y duros al hierro.

En 1854 este José Picavea de Lesaca vendió su ganadería, unas 800 cabezas, a don Antonio Rueda Quitanilla, Marqués del Saltillo, de Carmona, el cual retentó vacas y becerros y desechó de los originarios.

La ganadería se mantuvo con altos y bajos con la Marquesa Viuda de Saltillo, Francisca Osborne Böhl, y el declive se acentuó con su hijo y heredero Rafael Rueda Osborne, y fueron acusando, sin dejar de ser con frecuencia bravos, duros y nobles, la falta de cuidado y perdiendo no ya la poca alzada, característica suya de siempre, sino el buen trapío de los anteriores saltillos. Descuido que dio lugar, parece ser, a que no se evitara que los machos sa­lieran de las lindes de la finca e incluso se divulgó la especie de que un vaquero desleal, en combinación con un moruchero sin escrúpulos, cambiase a las madres las crías recien nacidas. A tal extremo llegó este abandono que suprimió las tientas y consideró válidos para lidia todos los machos que parían las vacas.

Esta ganadería pasó a don Félix Moreno Ardanuy, quien hizo toda clase de esfuerzos para mejorarlos.

Ramas de esta casta, aparte las señaladas en la testamentaría, son las de Arias Saavedra, Murube, Ibarra, Urquijo, Anastasio Martín, Núñez de Prado, Picavea de Lesaca, Saltillo, Félix More­no, Arriba Hermanos, Udaeta, Coquilla, Vicente José Vázquez, Hidalgo Barquero, etc.

Dice Filiberto Mira «que del manantial de Vistahermosa sur­gen como dos grandes ríos. El uno sigue la corriente de El Bar­bero-Arias Saavedra-Murube, desembocando en la actual gana­dería de Carlos Urquijo. La otra arranca de Picavea Lesaca y da la sangre “asaltillada». A su vez de Murube parte otra rama funda­mentalísima que sigue en Ibarra y Parladé. Los encastes de Ibarra y Saltillo confluyen a su vez en la bravísima ganadería del Conde de Santa Coloma, antecesora de la contemporánea de Buendía.

Fenotipo. No mucha alzada, proporciones correctas, fino en todo, fuerte, cabeza pequeña, cornicorto. Capa negra, cárdena, al­gún colorado en melocotón. Bravura y nobleza en toda la lidia.

 

Del libro "El Toro de Lidia" de Ramón Barga.

 

 


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