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La Tauromaquia tradicional

EL TORO ENSOGADO

 Es posiblemente el espectáculo tradicional más primitivo, según relata el conde de las Navas en su libro La fiesta más nacional, donde se da cuenta de una carta de Francisco Fernández y González, fechada el 6 de marzo de 1896, en la que se hace referencia a una crónica latina del siglo XII que menciona «la repetición en Castilla de una fiesta muy usada entre los romanos y de orden semejante a correr vacas enmaromadas. Consistía en atar los cuernos de un toro con una maroma, al cual llamaban la atención por ambos lados».

La tradición permanece arraigada, efectiva­mente, en muchos pueblos de Castilla y de otras regiones españolas, pero no es menos cierto que Teruel hace un rito del toro ensogado o de sogas desde la Edad Media, que a tanto llega el testimonio documental de la fiesta.

Tal como refiere el conde de Navas, el toro es ensogado por la testuz, de tal manera que no le presione la cuerda, y conducido así por los sogueros para ser corrido en calles y pla­zas; éstos son los que se encargan, con su fortaleza y templanza —y también con su valor, no hay que olvidarlo—, de controlar y frenar la embestida del astado para que no se produz­can percances de gravedad, lo que a veces, a pesar de todas las precauciones, resulta inevi­table. El toro ensogado es privativo de Rubielos de Mora y de Teruel capital, sin querer decir por ello que la tradición no alcance igualmen­te a otras poblaciones aragonesas. En Rubielos se alza, incluso, el único monumento al toro de sogas que existe en España, realizado en hierro forjado por el escultor y pintor rubielano José Gonzalvo.

Juan Antonio Usero, escritor y poeta vinculado estrechamente a todo lo turolense, describe así la fiesta:

«Sólo en Teruel capital y en Rubielos de Mora se corre el toro amaromado o de soga, con una diferencia sustancial, ya que en Teruel es sujetado con dos sogas y en Rubielos solamente con una, y los sogueros tienen la obli­gación de correr siempre delante del toro, lo que produce percances que en muchas ocasio­nes dejan secuelas molestas. Pero en Rubielos hay una buena cuadrilla de sogueros que han hecho posible la continuidad de la fiesta, desde Palomar, inmortalizado ya en el monumento al toro embolado, obra del artista local José Gonzalvo, ubicado en la plaza del Carmen, a Ma­nolo Baselga, Enrique Tarzán, Pepín, el Nani, Valero, Pichán y los demás jóvenes que siguen los mismos derroteros.

En Rubielos se corre el toro con una sola soga. Lo sacan del Corralico, en la plaza del Plano, y las calles que allí concurren, los por­tales y los balcones de las casas se llenan de gente ansiosa y reluciente. Se oyen cosas así:

"A mí lo que más me gusta es la salida. Enseguida que irrumpe el toro en la calle sé si va a ir o no va a ir" El caso es que la expectación y las ganas de jugar con el toro son tremendas en todo el mundo, y Fernando Ballesteros, el torilero por tradición, aguarda tranquilo a que Palomar, o Manolo, le manden abrir la puerta.

Lo primero que aparece es el cabo de soga de 25 metros y luego los sogueros, cinco, siete. Lo ideal es que sean cinco, se conjuntan mejor. De la fortaleza y de la inteligencia de estos hombres depende la seguridad del gentío que se desplaza a olas intensas, alborotadas, ya que saben dar soga y replegar, detener, clavar al ani­mal y evitar la cogida. Hay muchos sitios para escabullirse, los portales están abiertos, la ca­rretera, las calles, las rejas, el Plano ancho salpicado de gritos, risas, mezclado de edades y salutaciones.

Cuidan mucho los mozos ensogadores de que la soga sea de cáñamo puro para que no ceda. La frotan con alfalfa para protegerse las manos y lograr una mayor resistencia, y la suele pasear un mozo, delante de la música, en el pa­sacalles que anuncia la fiesta. Cuidan igualmente de que el nudo no apriete la testuz y oprima la cabeza del toro, el cual debe sentirse suelto, como libre, en tanto no se produzca el tirón de los nervudos brazos. Si entre el soguero que tanto controla al animal y éste hay coordinación de movimientos, el toro dará mucha guerra.

Los sogueros tienen que correr delante del toro, se la juegan. Hay que andarse listo para que el astado no atrape al soguero en un arran­que impetuoso, desbordante. Desde la plaza del Plano hasta la plaza de la Sombra hay cuatrocientos metros de carrera loca, despavorida. Un tropel de gente se cuela bajo el arco de San Antonio y tira calle abajo persiguiendo al toro. En esta carrera no hay otra defensa que la ligereza de los pies, el aguante, la resistencia física, y que las gentes de los portales despisten con tra­pos la obsesión ciega del toro que lleva en volandas a los más arriesgados.

Los sogueros saben que la madrugada del día 15 de septiembre es caliente, brava, que los mozos no han dormido apenas, que el vino, la cerveza, la ginebra han sublevado la sangre, y tienen que extremar precauciones. Los sogueros saben que en el rincón más hondo de la plaza de la Sombra se sitúa medio centenar de abuelos, a pecho descubierto, y que el toro embiste y los repliega en un puño hasta clavarse a un metro del apretado cogollo de viejos que vibran de emoción.

Toda suerte de aconteceres se da esa mañana insólita en el corazón de la fiesta mayor de Rubielos, con el despertar lento del rumor que rueda de calle en calle empujado por el toro, el cual gusta de los patios abiertos donde se cuela persiguiendo gritos, espantos. Y en cada recodo, en cada ángulo, anda el toro hur­gándoles el miedo a los más valientes.

Hay que decir, en honor a la verdad, que en Rubielos nadie castiga al toro, y que tanto los emboladores del toro de fuego como los sogueros del toro de cuerda o de soga tienen a gala cumplir su cometido con tanta destreza como eficiencia, pues respetan a este animal que les proporciona muchas horas de juego al año».

Del Libro "La Tauromaquia Aragonesa" de Alfonso Zapater

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